Kennedy, 50 años

Noviembre 21, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El 22 de noviembre de 1963 oficiaba de juez primero civil de circuito de Buga, ciudad a la que viajaba desde Tuluá todos los días de trabajo y regresaba por la tarde cuando cerraba el despacho. El doble trayecto lo hacía en Expreso Trejos ($0,60), lo que me obligaba a almorzar en el Mesón España ($2,00). El problema era llenar las dos horas libres pues el juzgado cerrado era un horno, el Parque Cabal desierto, sólo quedaba el refugio de los cafetines en donde uno platicaba con la mesera de turno.A eso de la una de la tarde entró al café en donde tomaba el tinto el doctor Jesús María Díaz Delgado, a la sazón fiscal de uno de los juzgados superiores. Amigos próximos por el oficio y por la amable personalidad del agente del Ministerio Público, noté en su rostro una profunda preocupación. No tuve necesidad de averiguar la causa del gesto amargo pues él mismo lo manifestó: acaban de disparar contra el presidente Kennedy y lo están interviniendo en el Hospital Parkland de Dallas. De inmediato le pedimos al cajero del establecimiento que encendiera la radio y ahí estaba el ‘extra’. El presidente norteamericano había muerto a causa de dos impactos de bala en el cerebro.El mundo entero estaba desconcertado pues Kennedy se había metido en el corazón de todos. Hasta los soviéticos en plena Guerra Fría lo admiraban. Las mujeres lo adoraban y los varones veíamos en él la más lograda imagen del estadista que podía cambiar el rumbo de la humanidad con sus proyectos de integración racial y justicia social. Además, su bella esposa y sus dos preciosos niños, Caroline y John John, formaban con el héroe de la Segunda Guerra Mundial por su hazaña en la lancha torpedera, un cuadro perfecto de unidad familiar.No había sentido hasta ese momento una pena semejante. Desde luego, estaba joven y aún no había iniciado la sucesión de cenizas y de lágrimas que vino después con la muerte de mis padres y de mi hijo mayor, esta última la peor de todas las tragedias que puede padecer el ser humano.Como siempre me interesó la política, había seguido la trayectoria del apuesto senador por Massachusetts que destacaba como el más brillante miembro del Congreso. Había leído ‘Perfiles de Coraje’, su libro que le valió el codiciado Premio Pulitzer. Le había visto tratando de evitar el conflicto atómico cuando la Urss instaló cohetes con cabezas nucleares en Cuba, que podían destruir a los Estados Unidos, crisis de la que salió negociando con Kruschev, garantizándole que levantaría el arsenal nuclear que USA tenía en Turquía y que jamás se invadiría a Cuba.Muerto Kennedy, vino la dramática toma de posesión del vicepresidente Johnson en vuelo hacia Washington en el mismo avión que horas antes había llevado al asesinado presidente a su fatídica visita a Texas. Al lado de Johnson, Jacqueline mostraba en su traje rosado las manchas de sangre que brotó de la cabeza de su marido.El asesino, Lee Harvey Oswald, fue detenido a pocas horas del crimen en una sala de cine y al siguiente día fue muerto a bala por un oscuro sujeto, Jack Ruby, que le disparó cuando la policía lo llevaba ante el juez. La Comisión Warren, designada por Johnson para investigar el magnicidio, concluyó que Oswald actuó solo y que no hubo ningún complot para asesinar al presidente, algo parecido a la intervención de Juan Roa Sierra en la muerte de Gaitán, como lo demostró el investigador Ricardo Jordán Jiménez. Creo que ambas tesis son ciertas.

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