Homónimos

Junio 21, 2017 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El 50% de la gente que me conoce me dice “doctor Potes”, si no tiene la suficiente confianza para llamarme Jorge. En los juzgados y notarías me dicen doctor Potes. En el Concejo de Tuluá, en la Cámara y en el Senado me decían igual. De nada valió que mandara a imprimir tarjetas con esta leyenda: “La próxima vez dígame Restrepo”.

Quizás el de mi madre, por ser más sonoro, o por juntarse la última sílaba de Restrepo con la primera de Potes, formaban un apócope y terminaban llamándome Potes. Aquí en el periódico cuando envío el artículo lo confirman vía Internet con un “gracias doctor Potes”. No hay caso. Mi madre en el Cielo debe sentirse feliz de que su apellido tenga más resonancia que el de su marido Federico.

Pero el colmo de los colmos fue el de un juez que al despachar un recurso que interpuse contra alguna providencia, escribió: “Como afirma el memorialista Jorge R. Potes…”. Ese día supe que la batalla genealógica estaba perdida para siempre.

En encuentro profesional hace años con Fernando Londoño Hoyos, me contó el problema que le surgió en un aeropuerto cuando al pasar su pasaporte el funcionario de migración le dijo que no podía viajar porque la justicia requería a Fernando Londoño por un tema penal. Ya supondrá usted, amigo lector, la emberracada del exministro. Perdió el vuelo y al fin pudo demostrar que no era él la persona buscada.

También tuve contratiempo cuando, aún sin cédula por ser menor de 21 años, me acercaba al banco a retirar el dinero que la familia giraba de Tuluá para los gastos de estudiante en Bogotá. Siempre había giros para veinte Jorges Restrepo. Tuve que rogar para que siempre acomodaran el Potes en la mesada.

Pero lo que resulta increíble es lo que le pasó a la ingeniera civil Johana Milena Ospina Torres a quien seis amigas invitaron a Curazao y en El Dorado la detuvieron porque con esos mismos nombres y primer apellido, se buscaba a una guerrillera por un juzgado de Medellín por delitos surtidos. Sacó toda la documentación que acreditaba su identidad, bien distinta de la insurgente. Contó donde vivía, donde trabajaba, que nació en Ibagué, que esto y que lo otro. Nada sirvió. Perdió el vuelo y empezó un suplicio parecido al del protagonista de El Proceso, de Kafka.

La introdujeron a una radio patrulla, la pasearon por varios despachos, hasta que el juez de Medellín ratificó la retención y su envío a centro carcelario. La delincuente buscada, según los funcionarios, vive en el barrio 20 de Julio en Medellín y cuya edad no corresponde a la detenida. La esposaron y su abogado no pudo solicitar ‘habeas corpus’ por no haber sido detenida en flagrancia, y al Buen Pastor fue a parar, celda 93 del Quinto patio, como en la película mexicana.

Por fin, el viernes 2 de junio llegó la orden de libertad pero no sirvió porque venía en fax y se requería el original. Como era fin de semana sólo el martes 6 en la tarde, le notificaron la nulidad de la orden de captura, pero no le dijeron qué sigue de ahí en adelante, en otro aeropuerto o en un retén de tránsito, por ejemplo.

No puede ser civilizado un país que comete ese tipo de ultraje contra un ciudadano. Lo que sucedió a la ingeniera Ospina Torres debe ser reparado por el Estado porque en este caso echaron por la borda su prestigio profesional y la reputación personal de la agraviada. El procurador Carrillo debe proceder para que caso tan bochornoso no se repita jamás.

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