Hitler

Hitler

Mayo 02, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Antier se cumplieron 68 años del suicidio de Adolfo Hitler en el ‘búnker’ de la Cancillería del III Reich en Berlín, donde el jefe nazi y sus secuaces -incluida su amante Eva Braun- se habían refugiado, pretendiendo escapar del Ejército Rojo que al mando del mariscal Zhúkov tenía ocupada la casi totalidad de la capital alemana.Como mi abuela paterna tenía en sus venas sangre británica, inculcó a su familia profundo amor por Inglaterra, y por eso crecí oyendo las noticias de la Segunda Guerra Mundial, y recuerdo su rostro apesadumbrado cuando nos enterábamos de los ataques aéreos de la Luftwaffe que al mando del mariscal Hermann Goring vertía sobre Londres toneladas de bombas y cohetes que los alemanes lanzaban desde las costas de la Francia ocupada. El horror de la conflagración duró seis años, y al final, con la rendición incondicional de Alemania, me dio por estudiar ese desconcertante fenómeno político que fue el auge y la caída del III Reich, que Hitler aseguraba duraría mil años. Quedó en doce porque su megalomanía lo llevó a cometer errores tremendos, pues él, con conocimientos militares de simple cabo en la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), creyó que sabía más de estrategia que sus comandantes.Fue así como se le metió en la cabeza abrir otro frente de lucha -el oriental- sin haber logrado derrotar a los aliados en el Oeste. Terco como una mula, cayó en el mismo error de Napoleón al invadir a Rusia, y los estrategas de Stalin le tendieron la misma trampa que le montaron al emperador francés: esperar el invierno, y cuando empezó a caer la nieve, los camiones y los tanques nazis se atascaron en la estepa. Los generales de la Wehrmatch le rogaron al Führer que autorizara la retirada, pero no hubo argumento que lo convenciera y allí murió un millón de muchachos alemanes, y empezó el principio del fin del imperio milenario imaginado por Hitler.A mí siempre me intrigó cómo logró un oscuro personaje conducir a un pueblo tan culto e inteligente a esa debacle que fue para Alemania otra guerra cuando aún no se había repuesto de los estragos de la anterior. De allí surgió mi interés por estudiar el caso y creo haber leído todo lo que en español se ha publicado de ese terrible episodio de la historia.Édgar Lenis Garrido, que fue mi amigo entrañable y cuya muerte todavía lamento, pues dejó hondas raíces en todos los que gozamos de su noble afecto, conocedor de mi interés por todo lo que hace relación con ese episodio cruento de la humanidad, me obsequió dos inmensos volúmenes, que hay que leer con atril por lo pesados: la biografía de Hitler escrita por el británico Ian Kershaw, que se lee como una novela, pues relata minuciosamente el periplo vital del líder nazi desde sus comienzos en Múnich, en el célebre ‘putsch’ de la cervecería, hasta el disparo que se dio en la sien luego de hacer que Eva Braun ingiriera el contenido de la ampolleta de ácido prúsico. Atendiendo su orden, los cadáveres fueron incinerados para impedir la vergüenza de que los ‘bolcheviques’ los exhibieran como trofeos de guerra.El 30 de abril de 1945 acabó el sueño germano de dominar el mundo. El 8 de mayo el Estado Mayor capituló ante los oficiales aliados, y luego en Nuremberg se inició el tribunal que juzgó a los jerarcas nazis y a casi todos los condenó a la horca. El último, Rudolf Hess, murió de viejo en la prisión de Spandau al escapar del verdugo por haber sido sentenciado a cadena perpetua.

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