Gustavo Saavedra

Julio 01, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Hace años, Eduardo Buenaventura me nombró abogado externo de Almangel, la concesionaria de maquinaria agrícola que él gerenciaba en esta ciudad. Con el correr del tiempo, Gustavo Saavedra Barberena reemplazó a Lalo, quien entraba en la jubilación, y luego la firma se convirtió en Almotores, también con Saavedra de gerente, y yo continué como asesor jurídico de la empresa.Allí pude darme cuenta de la noble personalidad de Gustavo, el ser más cálido y afectuoso que uno pudiera conocer, siempre con la sonrisa en los labios y siempre con una expresión de cariño y amabilidad.No resisto a la tentación de contar esta anécdota. Cierto día me pidió Gustavo que lo acompañara a Popayán para ver si era posible recaudar el pago de unas facturas que el departamento del Cauca adeudaba a Almangel. Como yo he transitado por el sinuoso mundo del sector público, por lo general tan duro en eso del cumplimiento de obligaciones, pensé que era mejor llegar al funcionario ordenador del pago, en este caso el tesorero departamental, a quien ni Saavedra ni yo conocíamos.Se me encendió un bombillo y llamé a Mildred Jaramillo de Zambrano, a la sazón gerente del Banco de Bogotá en Popayán, entidad de la que yo era abogado en Cali, y le pedí que nos consiguiera cita con el tesorero. Mildred se fue más alto y la pidió con el secretario de Hacienda, de apellido preciso: Dorado, quien gentilmente nos recibió y ordenó la cancelación de la deuda. Felices presentamos la cuenta convencidos de que con semejante ‘palanca’ saldríamos con el cheque en la mano, pero allí surgió el eterno conflicto criollo pues el tesorero confesó que para que el cheque saliera debía pasar por la revisión de ocho subalternos para que cada uno estampara el respectivo ‘chulo’, y que ese proceso tardaría dos días. Mildred se encargó de recoger el título y enviarlo a Almangel.Pero la historia va para otra parte diferente de la gestión de cobro. Saavedra invitó a Mildred y a mí a almorzar en ‘El Rancho’, entonces afamado restaurante en la afueras de la hermosa ciudad, y al final, cuando Gustavo estaba pagando la cuenta, la bella señora me dijo en voz baja: este caballero es el tipo de hombre que una quisiera de yerno.Esa frase, casi lapidaria, de Mildred me releva de abundar en las razones que tenemos quienes conocimos de cerca a Gustavo para admirarlo, quererlo y servirle. De tantos clientes que he tenido en mi larga vida profesional, Gustavo era uno de los más apreciados.Hijo de Saúl Saavedra Lozano, quien fuera gobernador del Valle y cercano amigo de mi padre, y que murió muy joven, y de Alba Lucía Barberena, otro encanto de persona, Gustavo fue heredero de la virtudes de sus progenitores. También heredó la gallardía de su abuelo, el magno orador y político José Manuel Saavedra Galindo.Su fallecimiento, lejos de Colombia, envuelve todo el dramatismo de la muerte, con lo que implica para su familia esa desaparición, que nadie esperaba, en tierra extraña. Dios así lo dispuso pues tenía afán, seguramente, de tener a su lado a Gustavo, quien disfrutará del descanso eterno sabiendo que aquí, en esta áspera patria colombiana, vivirá su recuerdo por todo lo que él cultivó: familia, amigos, respeto y acatamiento de las personas que con él trabajaron.Vaya para su esposa María Nelly, sus hijos Paula y José Manuel, su madre Alba Lucía, y demás familiares, mi profundo sentimiento de consternación y de duelo por la muerte de este amigo inolvidable.

VER COMENTARIOS
Columnistas