Guerra y paz

Octubre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

La generación a la que pertenezco, o más explícitamente, la que cruzó de milagro el umbral del octavo piso, solo ha gozado del 15% de paz en todo su proceso vital. Para que los menos viejos entiendan, los que ahora somos ancianos únicamente disfrutamos de unos pocos años sin el estruendo de la violencia, que se apoderó de Colombia desde 1947.No digo 9 de abril de 1948, aciaga fecha que es tenida por los historiadores como aquella que marca un antes y un después en los registros de la tragedia nacional, porque meses atrás del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán ya se habían producido hechos de sangre en distintos lugares del territorio, al punto de que la Manifestación por la Paz convocada por el caudillo el 7 de febrero de ese año en Bogotá fue precisamente para demandar de las autoridades el cese de la violencia.Lo que sí dejó el 9 de abril fue una herida irrestañable entre dos sectores de la sociedad, que si bien en 1956 diseñaron un modelo político elevado a rango constitucional en el plebiscito de 1958, ese reparto burocrático detuvo la hemorragia, pero el valor de la vida humana siguió depreciado, y nunca volvió a recuperarse. Para él no hubo “junta monetaria” que devolviera los niveles perdidos en la contienda fratricida.Me preocupa el increíble desánimo de mis compatriotas por las conversaciones de paz que el Gobierno de Santos adelanta con las Farc en La Habana. Es posible que 60 o más años de atroz violencia los hubiese vuelto indiferentes, y que les da los mismo que se silencien los fusiles o que los cilindros continúen estallando. En el que debía ser día espléndido –23 de septiembre de 2015– cuando ambos adversarios suscribieron el acuerdo sobre justicia transicional, éramos muy pocos los felices como dijo el Presidente cuando afirmó que de ahí saldrían unos contentos y otros descontentos.Formo en la fila de los contentos y estoy allí porque salvo los primeros trece años de mi vida, el resto hasta hoy ha estado turbada por el fuego de las armas, las oficiales y las otras. Y como tengo nietos, el mayor de apenas 20 años, quiero para ellos un país sin tanto odio, sin tanta amargura, sin tanto revanchismo. Un país, como pedía Jorge Robledo Ortiz, el poeta preferido de Álvaro Uribe, “sin sangre niña en los botines”.Las partes fijaron el 23 de marzo de 2016 como fecha límite para la suscripción del pacto definitivo de paz. Las Farc tendrán dos meses adicionales para la dejación de las armas, palabreja que irrita a los amigos del contradictor mayor, que preferirían el término entrega. Da lo mismo, porque si no entregan habrá porte ilegal de armas y cesarán todos los beneficios del acuerdo.Juan Manuel Santos, Humberto de la Calle y los negociadores del Gobierno, civiles y militares, merecen el agradecimiento de todos los colombianos, sin consideraciones banderizas. No hay que pensar en dividendos electorales. Hay que desear una patria amable, en que podamos vivir sin el temor a la delincuencia.Colombia sin Farc, podrá destinar la Fuerza Pública a combatir los otros frentes criminales. El país será destino favorito de los inversionistas extranjeros, con lo que crecerá la economía y habrá mayores posibilidades de empleo. El turismo será la gran fuente de divisas pues las zonas que hoy tienen tachuelas rojas en el mapa de orden público, se colmarán de visitantes ansiosos de disfrutar de nuestros paisajes. Por eso estoy contento.

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