Gracias, GGM

Octubre 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El 19 de octubre de 1982 a los colombianos, por lo general acostumbrados a recibir malas noticias, nos llegó una buena: la Academia Sueca, encargada de adjudicar el Premio Nobel de Literatura, había escogido a nuestro compatriota Gabriel García Márquez para que en audiencia presidida por el monarca escandinavo, recibiera el galardón que lo catapultaba a las alturas como uno de los grandes escritores vivos del mundo.Yo que soy admirador del hijo de Aracataca no cabía en mí de gozo pues desde 1955 cuando inicié en el Externado estudios de Derecho, le seguí la trayectoria al vástago de doña Luisa Santiaga Márquez, en sus amenas crónicas de El Espectador, diario vespertino en aquel entonces. En el periódico de los Cano, García Márquez veló sus primeras armas literarias y fue magistral la saga que publicó en varias entregas de la odisea del marino que sobrevivió solitario en una balsa durante varios días después de que una ola lo arrojara al mar desde la cubierta del buque en que viajaba. Ese relato le sirvió luego de tema para uno de sus libros.Este servidor ha sido un lector incansable, y por eso puedo asegurar que, en castellano, no son más de diez los escritores que manejan el idioma con la donosura de García Márquez, no sólo por el ritmo de la prosa sino por la libertad que se toma de utilizar voces, dándoles un sentido diferente al que muestra el diccionario.Hace verdaderos fuegos de artificio con las palabras y por eso el lector se extasía con lo que va leyendo en las páginas de sus obras, novelas y cuentos, las primeras extraordinarias y los segundos perfectos pues el cuento, o novela corta, es el más difícil de escribir. Borges, Irving, De Amicis, Hemingway, y otros maestros, nos legaron cuentos magníficos, pero ninguno igual a los logrados por el colombiano, que crea una obra increíble en el reducido espacio del cuento.He leído cuatro veces ‘Cien años de soledad’ y tras cada lectura quedo asombrado por la belleza de esa obra única, que por sí sola merecía el Nobel para su autor. Pero, para mi gusto, en donde García Márquez se crece a la altura del Olimpo, en donde brota toda su sensibilidad, en donde transmite toda la pasión que un hombre puede sentir por una mujer es en ‘El amor en los tiempos del cólera’, al que regreso una y otra vez para convencerme de que lo único que no es perecedero en este mundo sórdido y cruel es el amor, pero no el amor suave de los grandes amantes de la literatura: Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa, Efraín y María, el Conde Vronsky y Ana Karenina, sino el amor desgarrador que laceraba el corazón de Florentino Ariza, que esperó en medio de vicisitudes sin cuenta, más de 50 años para que –al fin– Fermina Daza se le entregara en el camarote de uno de los barcos de la flota de propiedad de Ariza que bajaba y subía por el Magdalena, del que no podían desembarcar por temor a la epidemia del cólera que azotaba las riberas del río, y por eso el par de ancianos se entregó a Eros, en un desenfreno sexual que los volvió a la juventud perdida.Cuando el capitán le preguntó al dueño del vapor: “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”, pues el barco desplazaba de Barranquilla a La Dorada, de ida y regreso sin parar, Ariza le contestó: “Toda la vida”.Gracias Gabriel por existir. Gracias por darnos el orgullo de ser sus compatriotas.

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