Gertrudis Potes y la Avenida

Gertrudis Potes y la Avenida

Mayo 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Gertrudis Potes Domínguez fue por muchos años una institución tulueña pues en su casa funcionó ‘El círculo Potes’, del que formaban parte los más destacados líderes de la comunidad, sin distingos de bandería política a pesar de que la dueña era una liberal de firmes convicciones.De ese Círculo salieron casi todas las iniciativas que empezaron a convertir a Tuluá en ciudad. Allí se forjó el Club Colonial, el primer centro social que hubo en la población. Allí se dieron los primeros pasos del Aeropuerto ‘Farfán’. De allí salieron cantidad de proyectos, muchos de los cuales se vieron truncados por la violencia que azotó el municipio, como el del Hotel Libertador, al lado del Parque Bolívar, del que solo pudieron iniciar los cimientos.Gustavo Álvarez Gardeazábal, en su más leída novela ‘Cóndores no entierran todos los días’ pone a Gertrudis Potes como dirigente liberal en los tiempos en que su partido era perseguido por los ‘Pájaros’, antecesores del paramilitarismo. Yo, realmente, no recuerdo que la ‘señorita Potes’, como todos le conocían, hubiese tenido figuración política de importancia, y solamente, ya anciana, el gobernador Humberto González la nombró alcaldesa, cargo en el que permaneció un año. Más que un nombramiento fue el reconocimiento de sus servicios a la comunidad.La ‘señorita Potes’ nunca casó pero todos los miembros de las familias Restrepo y Uribe, vinculadas entre sí por lazos de sangre, fuimos sus ‘hijos’. Fue madrina de bautizo de mi padre, como lo fue mía y luego del primero de mis descendientes, y su casa era el epicentro de todas las festividades pues en su patio principal se hacía el árbol de Navidad, se celebraba el 31 de diciembre, y se rompían todas las piñatas de los cumpleaños y primeras comuniones.Mi madrina Potes, como yo le decía, me tuvo como el favorito de sus muchos ahijados, y pasé buena parte de mi infancia y juventud en su casa de la Calle 26. Ella desempeñaba oficios que para entonces eran propios de varones. Tenía acreditada joyería y sabía fundir el oro en los crisoles y enseñar a los operarios a hacer joyas preciosas. Fue agente de marcas extranjeras. Tuvo estación de gasolina y administró los dos teatros del pueblo, a los que yo entraba de ‘cachete’ y mientras ella cuadraba las cuentas de las taquillas, el chico veía películas a la lata.Con ella venía con frecuencia a Cali pues siempre que anunciaban un espectáculo de calidad en el Teatro Municipal, armaba viaje con el ahijado. Nos alojábamos en el apartamento de su amiga Nelly López de Lema, situado en un edificio sobre la Avenida Colombia, entre calles 8 y 9. Esta vía era bellísima, y el río dejaba oír el ruido de sus aguas torrentosas.Daba tristeza verla en decadencia, y ahora estoy feliz con su recuperación gracias a la iniciativa de Jorge Iván Ospina que la proyectó y al tesón de Rodrigo Guerrero que la terminó. Ya recorrí todo el tramo peatonal y he transitado por el imponente túnel, y no puedo menos que felicitar a ese par de alcaldes que recuperaron para la ciudad un escenario que es patrimonio de todos los que aquí vivimos.Detestables los bárbaros que ensuciaron sus muros el mismo día de la inauguración. Unos sujetos a los que el Sena ha tratado de educar gratis para que puedan abrirse campo en el mundo laboral, demostraron que su espacio vital es la selva. Pierde el tiempo mi admirada Gina Parodi con esos alumnos.

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