Gardel, 80 años

Gardel, 80 años

Junio 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Para mí es fácil seguir la pista de la muerte de Carlos Gardel porque ella ocurrió 54 días después de mi venida al mundo, como quien dice que ‘El Zorzal Criollo’ lleva de muerto lo que yo llevo de vivo, y desde que ingresé al escenario del romanticismo entré a la cofradía de quienes le tenemos por ídolo irreemplazable.En mi casa de Tuluá se escuchaban en la radio los tangos que dejó grabados Gardel, y mi madre sabía todas las letras, así que ‘Volver’ y ‘Cuesta abajo’, eran para mí tan conocidos como los boleros de Leo Marini y Hugo Romani que junto a Toña la Negra y Pedro Vargas, cantantes favoritos de Agustín Lara, hacían las delicias de los radioescuchas.Pero mi afición por el tango -ese pensamiento triste que se baila, como dijo alguien- surgió cuando me desempeñé como juez penal de circuito en Buga, pues el despacho estaba ubicado en el Palacio de Justicia y su ventana daba precisamente sobre el patio de la cárcel, cuyos reclusos sintonizaban a todo volumen las emisoras que tuvieran programas de tango. Entre los gritos de los números del bingo tronaban las voces de los intérpretes de esa melodía de arrabal, y yo que tengo buena memoria, aprendí la letra de todos los tangos, milongas y valses.Me propuse hacer un listado de los cantantes que más me gustaban, y, dejando aparte a Gardel -sin rival-, aparecen Hugo del Carril, Edmundo Goyeneche, Floreal Ruiz, Agustín Magaldi, Ángel Vargas, Raúl Iriarte, Armando Moreno, y tantos otros cuyas voces conservo en los discos compactos, para los que mi mujer ordenó mueble especial pues ya invadían toda la casa.Esa inclinación por el tango, que no es de toda Argentina sino exclusivamente de Buenos Aires pues es tan porteño como la Vuelta de Rocha en la Boca, me llevó a estudiar todo el periplo vital de Carlos Gardel para descubrir la razón de esa idolatría increíble, porque si usted va hoy al Cementerio de La Chacarita verá en una de sus calles -tiene nomenclatura- la imponente tumba de Gardel llena de flores, con un cigarrillo permanentemente encendido entre los dedos.He leído casi todo lo que se ha escrito -verdad y fábula- sobre la vida de Gardel. Hace poco en un restaurante en Cartagena, su propietario argentino me enseñó copia del testamento del cantante y allí constaté que nació en Tolouse (Francia) el 11 de diciembre de 1890, por lo que al morir frisaba 45. Llegó de 2 años a Buenos Aires con su madre soltera Berta Gardes, lavadora de oficio. Cambió la S por la L, para mejor pronunciación.Esa tragedia no fue accidente aéreo sino de tránsito. En efecto, Gardel y su grupo luego de triunfal presentación en Bogotá, abordaron el único avión de Saco para viajar a Cali y actuar esa noche -24 de junio de 1935- en el Teatro Jorge Isaacs. El piloto hizo escala en Medellín, y al esperar en la pista del aeropuerto ‘Olaya Herrera’ que la torre autorizara el despegue, un avión de Scadta que iniciaba vuelo, cuando estaba levantando una ráfaga de viento lo empujó hacia el de Saco, y ambas naves explotaron. De la gente de Gardel, solo sobrevivió el guitarrista Aguilar.Allí empezó el mito. Los restos de Gardel permanecieron en Medellín hasta 1937 cuando fueron llevados a Buenos Aires en un viaje largo, que Fernando Cruz Kronfly narró en excelente novela: ‘La caravana de Gardel’.Se acabó el espacio. Queda mucho por contar de este personaje que hoy “sigue cantando mejor que nunca”.

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