Falsa juventud

Julio 15, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

La dama estaba sentada en la sala de espera de un médico al cual acudía yo en consulta. Me llamó la atención su atuendo juvenil de muchacha en flor y no pude evitar establecer el contraste de ese atuendo con la edad denunciada en los surcos del rostro, en las líneas del cuerpo y en la luz cansina de los ojos. Se esforzaba por aparecer en perfecto acuerdo con el juvenil traje y movía la cabeza de oxigenados cabellos que acentuaban los hondos pliegues de la frente. Inútil esfuerzo. La edad, un comienzo de vejez irremediable, de decadencia física, imponía su dura sentencia a pesar de la juventud estampada en el traje y del químico resplandor del pelo. En ese combate sórdido entre lo que era esa mujer y lo que aparentaba ser, triunfaba la verdad biológica sobre la mentira elaborada con tela y maquillaje.¿Qué buscan las mujeres –y ahora también los hombres- al tratar de resistir con las armas de la moda y los productos ‘de belleza’ a las tremendas arremetidas del tiempo sobre su cuerpo? Sería mejor, pensaba yo, mientras la veía cruzar alternativamente sus piernas, que hubiese sido la aceptación de ese despojo irremediable que va causando el paso de los años.Pero para esa aceptación se requiere una filosófica disposición ante la vida. Y a esa disposición son contrarias las mujeres. Igualmente, muchos hombres llevan una vejez grotesca e indecorosa con esas canas teñidas color zanahoria, con esa ocultación de la calvicie pegándose sobre la frente los pocos pelos que les quedan, y con esas bermudas dominicales que muestran la flacidez de las extremidades.Andre Maurois dice que la ciencia de la vejez es el arte de saber ser viejo, y que yo resumo en una palabra: aceptación. Pero pocos aprendemos ese arte sutil pues la vejez es intransigente y hostil hacia lo nuevo, hacia lo que implique rectificación del tiempo antiguo, y batalla contra vida que rectifica y cambia, y que no se detiene. El drama de la vejez no está en el hecho de la decadencia física, sino en la situación espiritual que trae consigo. Si a una mujer vieja, o una mujer como esta que observo en el consultorio médico, se le ocurriera pensar que sería mejor disponerse a entrar, de buen ánimo, a una etapa especial de la vida, no la tomaría por sorpresa el sarcasmo de ciertas miradas, de ciertas sonrisas, ni la crueldad de ciertas palabras.Al aceptar que se empieza a ser viejo, o que se es viejo, la posición espiritual puede ser más propicia para el decoro de esos años difíciles. Pero casi nunca se da esa aceptación. Las mujeres que entran a la vejez no seresignan a abandonar lo que la moda puede brindarles como posibilidad de rejuvenecimiento. Y a los hombres les ocurre más o menos lo mismo. Del choque de esa posibilidad y los pocos resultados que se obtienen, surge el fenómeno de la intransigencia y así los años finales se trasforman en un angustioso combate con la vida que pasa llevándose la maravilla de la juventud, de la belleza, del amor, de la sensualidad.La tendencia actual consiste en buscar artificiales circunstancias que ofrezcan un espejismo de supervivencia, pero todo fracasa en el abismo del tiempo. Ante una belleza femenina de hoy no creemos que pueda mañana convertirse en esa cosa absurda que es la fealdad. Y extendemos una credencial de eternidad a la belleza de una mujer a la cual, años más tarde, el tiempo cronológico habrá hecho trizas.

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