El padre Uribe

El padre Uribe

Julio 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Tengo por la Comunidad Franciscana hondo afecto que viene desde mi juventud cuando iba a la iglesia María Auxiliadora, de los ‘Pachitos’, como les decíamos en Tuluá a los franciscanos, porque a ella asistía a misa los domingos la chica de la que estaba enamorado.Luego en Bogotá, el Gimnasio Moderno estaba a dos cuadras de La Porciúncula, iglesia en la que oía la misa dominical. Ahí me tocó escuchar los encendidos sermones que fray Severo Velásquez le dedicaba a Rojas Pinilla, que en mucho contribuyeron a la caída de ese régimen nefando.Durante la carrera de derecho cumplía el precepto yendo a misa los domingos en la preciosa iglesia de San Francisco, en la Carrera Séptima con Avenida Jiménez, verdadera joya de la arquitectura religiosa.Y ahora, ya viejo, cuando penas inmensas han caído sobre mis hombros, he buscado refugio en el templo de San Francisco, aquí cerca de mi oficina de abogado, donde cumplo cita diaria con mi hijo Fernando, cuya muerte todavía me lacera el corazón. Una vez conté, y lo repito, que hice un pacto con Dios que me permite convocar a Fernando a ese templo, sentarme en la banca y sentir su presencia. Cuando logré eso, la tragedia se convirtió en paz pues ya no me despido de mi hijo hasta la otra vida sino hasta mañana.Una de las primeras poesías que aprendí de memoria fue ‘Los motivos del lobo’, en la que Rubén Darío traza con pluma maestra los diálogos del varón de tosco sayal con el lobo que asolaba los campos de Asís. La bestia feroz aprendió a convivir con los legos hasta que la “mala levadura” de los hombres le hizo volver al monte. Desde ahí, “el mínimo y dulce Francisco de Asís” es mi referente del santoral cristiano.A esa comunidad sacerdotal perteneció hasta hace unos pocos años -hoy es sacerdote seglar- Luis Javier Uribe, un hombre puro que acaba de salir liberado de una persecución judicial atroz que le montaron sus malquerientes, curiosamente compañeros suyos que usaban el mismo traje talar. Fue sindicado perversamente de delitos diversos y en su defensa se fueron siete años de la vida de este pastor que sólo ha hecho el bien, como el seráfico italiano al que él encomendó su existencia.El padre Uribe fue el artífice de lo que hoy es la Universidad de San Buenaventura, ejemplar institución docente que honra a Cali. Como rector, el padre Uribe se propuso ponerla a la altura de las mejores universidades del país, y a fe mía que lo logró, no únicamente en el aspecto académico sino en el espiritual pues en ella los estudiantes gozan del bellísimo entorno, del que salen convertidos en competentes profesionales.A pesar de que puede ser una indiscreción, tengo que contar que el padre Uribe se integró desde hace unos años a la mesa liberal que conformamos trece amigos del mismo partido y que se reúne todos los martes a la hora del almuerzo en un club de la ciudad, a cambiar ideas sobre el acontecer nacional. En esa mesa he podido conocer, de primera mano, el espíritu liberal de Luis Javier Uribe, que con su alma abierta a todas las inquietudes intelectuales nos ayuda a ser mejores liberales, amantes de la libertad y de la democracia.Me siento honrado con su amistad y estoy seguro de que él, como servidor del Señor, ha perdonado el perjuicio que le causaron sus detractores, que hoy deben cargar con el arrepentimiento por el daño moral que le causaron.

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