Dios y los médicos

Dios y los médicos

Septiembre 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El 31 de marzo mi nuera, Lina María, fue baleada en su propia residencia a las ocho de la noche cuando veía televisión con sus niños Samuel y Juan Jacobo, en espera de la llegada de mi hijo Eduardo para cenar en familia.Uno de los ladrones accionó el revólver y el proyectil alcanzó a Lina en el cuello produciéndole el destrozo de una de las carótidas y la posterior isquemia en el lóbulo derecho del cerebro que le causó parálisis de todo su cuerpo, pues sólo podía mover con dificultad la pierna derecha.Tras casi un mes en coma inducido, salió una Lina bien distinta de la esbelta mujer trabajadora y deportista que habíamos conocido. Su voz era apenas un susurro y sus movimientos, mínimos.Pero estaba viva. Y estaba viva porque un valiente vecino se atrevió a entrar a la casa en donde Lina se desangraba y con el apoyo de su esposa pudo llevarla hasta la Clínica Nuestra Señora de Los Remedios, en donde se montó todo un operativo para rescatar de la muerte a esta hermosa mujer. La labor mancomunada de los doctores Armando José Campo, cirujano cardiovascular, Luigi Sarria, de la Unidad de Cuidados Intensivos; los neurocirujanos Carlos Alberto Acevedo y Fernando Sánchez con el anestesiólogo Fernando Arbeláez, y todo el equipo de la UCI y del piso 5 de la clínica, fueron los encargados de salvar la vida de Lina María, incluida la generosa atención que le dispensó la clínica.Por recomendación de los neurocirujanos citados, y del eminente científico Fernando Gómez Villafañe, director de Dime, y gracias a que la prepagada aceptó cubrir los gastos, la familia resolvió llevar a la paciente al Jackson Memorial Hospital de Miami, considerado uno de los mejores centros de Estados Unidos en terapia para casos extremos, y así pudimos observar el proceso lento, pero seguro de la rehabilitación. Yo vi partir a Lina en tan precarias condiciones y no pude contener lágrimas de emoción cuando la vi allá con su cabeza erguida, su voz firme e intentando dar sus primeros pasos. Ahora en Colombia continuará su proceso de rehabilitación, en su hogar y con los suyos.Los columnistas no debemos emplear el espacio que nos brinda el periódico para tratar asuntos personales. Pero como la tragedia que cayó sobre mi familia no es distinta a la de tantas otras, pido autorización a la dirección para que se me permita agradecer públicamente a Dios, a los médicos que salvaron a Lina en Colombia, al doctor Kester Nedd, a los terapeutas María Roses y Joseph, y todo el equipo del Jackson Memorial, pues por todos ellos tenemos a Lina en vía de franca recuperación. Y eterna gratitud a aquellas personas que rodearon a la familia y a mi hijo Eduardo para enfrentar la difícil prueba.Ojalá que esta nota sirva de esperanza para las personas que sufren percances tan dolorosos como el nuestro. A ese mismo Dios ruego para que hechos tan tristes no vuelvan a repetirse en Colombia, pues es imposible describir la pena desgarradora que sufre no sólo la víctima, sino su entorno familiar. Si el criminal que disparó el arma supiera el dolor inmenso que produjo y las secuelas de todo orden que causó su cruel proceder, estoy cierto de que se arrepentiría y nunca volvería a cometer un acto de esta naturaleza.¿Será pedir mucho? ¿Será que existe algún sentimiento humanitario en alguien que es capaz de disparar contra una mujer inerme que estaba con sus niños en la habitación de su casa? Dios sabe la respuesta.

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