Corridas, R.I.P.

Corridas, R.I.P.

Febrero 21, 2018 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En las seis corridas de toros de la temporada 2017 vi menos gente en los tendidos que en la anterior, que fue un desastre económico para la empresa. A ojo de buen cubero, calculo que en la sumatoria del público que asistió del 26 al 31 de diciembre hubo cinco mil aficionados menos, creándose otro descalabro mayúsculo para las arcas de la Sociedad Anónima Plaza de Toros de Cali, en la que poseo una acción, que me dará derecho a participar en la próxima asamblea general, en donde sabremos en detalle la magnitud de la catástrofe.

A mi querido amigo Alfonso Otoya, presidente de la sociedad y a sus compañeros de junta les han caído rayos y centellas porque los hacen responsables de lo que mostrará el balance consolidado.

Considero que muchas de esas ácidas críticas son injustas y provienen, seguramente, de malquerientes de esos directivos pues, a mi juicio, hicieron lo que había que hacer, porque en ese tipo de espectáculos nadie puede garantizar de antemano que todo resultará a pedir de boca, como quien pide una buena paella.

Aquí la mayoría de quienes asisten a Cañaveralejo, ignora las dificultades que deben afrontar los directivos de la plaza para que aquellos que aún conservamos la pasión por ese arte antiguo que es el toreo, nos divirtamos. Se pasa por alto que con cambio del dólar a 3.000 pesos, los honorarios de los toreros se ponen por las nubes. Entérese usted de cuánto cobraron Ponce, Roca Rey, Manzanares, Castella, Cayetano, y hasta nuestro compatriota Bolívar, para solo citar a los de mejor registro, y quedará con la boca abierta, como quedamos cuando observamos lo que embolsan James Rodríguez o Falcao García, nuestras luminarias del fútbol.

Y como lo dije en nota anterior a la temporada, a esos coletudos hay que contratarlos antes de que se sepa el recaudo en las taquillas. Una especie de ruleta, porque haya buena o mala venta de boletería, hay que pagarles lo que se consignó en los contratos. Si no se pagan esos honorarios, Cañaveralejo queda descalificada para siempre, como el jugador de casino que se niega a pagar lo que pierde.

Saltan los conocedores de los toros de lidia y como Cossíos redivivos sostienen que la empresa adquirió unos animales perversos, sin trapío, sin casta y sin peso reglamentario. No les puedo discutir pues no soy experto en el tema pero considero que nadie responsable de una empresa compre, a sabiendas, unos encierros malos para que el fracaso sea inminente.

Y tampoco creo que César Rincón sea un sujeto oscuro que se propuso escoger a sus peores ejemplares para ‘tirarse’ dos corridas en Cañaveralejo. No acepto que nuestra máxima figura de la torería en toda la historia cometa una acción tan despreciable, ni que la junta se haya coludido con el exmatador para hacer un ‘torcido’ en la adquisición del par de encierros de ‘Las Ventas del Espíritu Santo’.

Entonces, no hay que insistir más. La fiesta de los toros está en vía de extinción –o mal enterrada, como decimos en Tuluá– y nada justifica que se hagan tantos esfuerzos en Cali para satisfacer a los fieles cinco mil aficionados que cumplidamente asistimos en diciembre a cada una de las corridas, que son, no nos engañemos, un espectáculo tan extemporáneo y tan fuera del mundo moderno. Pero tan bello que es ver un buen torero frente a un buen astado, como Ponce en su primer toro.

No sigamos diciéndonos mentiras. La fiesta brava está agonizante. Y en Cali, R.I.P.

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