Colombianos y colombianas

Colombianos y colombianas

Enero 31, 2018 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

La única oportunidad que me dio la vida de estar cerca de ese varón consular que es el expresidente, el muy magnífico señor don Álvaro Uribe Vélez, fue en una reunión en casa de un querido amigo, convertido luego en incondicional seguidor del preclaro conductor antioqueño.

Hasta esa noche, yo estaba cierto de que el término ‘todos’ era una voz que englobaba tanto a hombres como a mujeres, pues desde chico supe que don Rafael Núñez -inspirador después del señor Uribe- había escrito la letra del Himno Nacional, y allí en medio de tanta basura poética hay un verso rescatable: “Si el sol alumbra a todos, Justicia es libertad”, y, suponía -iluso que es uno- que el astro rey también daba luz a las damas.

La reunión, más social que política, había sido programada por el anfitrión para dar a conocer a varios periodistas locales -yo incluido- a quien con el correr del tiempo se transmutaría en el supremo hacedor de Colombia, y ahora, de mano cogida con Andrés Pastrana, en su reconstructor. En el momento del ágape el invitado principal estaba risueño y sin ese rostro amargo que ahora muestra y que sirve para asustar infantes. Iniciaba su proceloso tránsito hacia el poder.

Las encuestas lo situaban muy abajo en las preferencias de sus compatriotas pero, indudablemente, el hombre tenía buen discurso y debo confesar -pecadores que somos- que a mí me cayó bien pues mostraba un talante conciliador que prometía convertir a esta infortunada esquina oceánica en el paraíso, no el perdido de Milton, sino el de Adán y Eva, sin serpiente.

Con finas viandas y espirituosos licores como es de usanza en ese hogar sin tacha, el doctor Uribe dijo en tono menor que él se proponía, de llegar a la presidencia, que los colombianos alcanzáramos la paz total con crecimiento económico que garantizara techo, trabajo, salud, etc., etc. Lo expresó con su delicioso acento paisa, que a mí me fascina pues de sus montañas vinieron mis ancestros por el lado paterno.

En medio de la satisfacción general por la nobleza de promesas que acabábamos de escuchar, se alzó como un trueno una voz femenina que salía de unas cuerdas bucales a punto de desgarrarse, como las de Shakira. ¿Usted por qué dice colombianos? ¿Es que en su proyecto de país no cabemos las colombianas? ¿Qué es esa falta de respeto por la mitad de la población nacional compuesta por mujeres?¿Usted gobernaría solamente para los hombres?

Jamás había visto yo a alguien tan estupefacto pues daba la impresión que el futuro prócer no entendía la catilinaria que soltaba la energúmena señora. Con lengua temblorosa, él que no se amilana ante nada, trataba de comprender en lo que se había metido e ideaba qué hacer para salir del embrollo pues la contestataria seguía con su encendido discurso.

Ese que ahora es Júpiter tonante mezclado con el olímpico Zeus, creyó que se lo había tragado la tierra. Yo sentí angustia pues el ambiente se tornó insoportable, los pasabocas perdieron el sabor y el licor bajó su grado alcohólico. Uribe dijo que tenía otro compromiso y se fue.

Hoy, con la estupidez del juez que falló una tutela ordenándole al alcalde de Bogotá añadir ‘y todas’ al lema ‘Bogotá mejor para todos’, vuelve a mi memoria la escena aquella en que por primera y quizás última vez alguien le cantó la tabla a Uribe, con argumento similar al del juzgador capitalino. Todos y todas, colombianos y colombianas. ¿Qué tal?

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