Cabañas

Febrero 02, 2017 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Estoy viendo fútbol desde el inicio del torneo profesional colombiano en 1948, cuando salió campeón Independiente Santa Fe, en el que militaba el excelente centro delantero Hermenegildo Germán Antón, ‘cabecita de oro’ como lo nombraba el pionero de los locutores deportivos Carlos Arturo Rueda. Al llegar a Bogotá, con mi entrañable amigo Octavio Toro con quien sigo la misma camaradería de entonces, no faltábamos a ‘El Campín’ siempre que jugaba el ‘Expreso Rojo’, que luego trajo unos ‘cracks’ de imborrables recuerdos: René Pontoni, Héctor Rial y Mario Fernández.Esa fiebre por el fútbol me llevó a México al Mundial del 70, quizás el mejor de todos pues allí estaban los grandes de la época. Con otro amigo querido, Armando Peña, tuvimos la fortuna de ver el encuentro semifinal entre Italia y Alemania, que según los expertos es el mejor de la historia del torneo mundialista. En partido final contra Italia, Pelé alzó la copa que consagraba campeón a la escuadra verdeamarilla.Cuando me trasladé de Tuluá a Cali con la familia, cambié el estandarte rojo bogotano por la mechita escarlata caleña, y con la pasión del converso, me transformé en hincha fanático del América y ahí sigo hoy, con el mismo entusiasmo.Estando un día en Buenos Aires con mi mujer, fuimos a ver el clásico River–Boca, que por razones de orden público se jugó en la cancha neutral de Independiente, en Avellaneda. En River jugaba de 9 una estrella: Ricardo Gareca, goleador nato, a quien imaginaba jugando en el América. Casi caigo de espaldas cuando meses después este periódico anunciaba la contratación del astro argentino para comandar el ataque rojo. Y poco después arribó al equipo ese otro fenómeno del fútbol que fue Roberto Cabañas. Qué tristeza tener que conjugar el verbo ser en pasado porque ‘el mago de El Pilar’ falleció en Asunción el 9 de enero con solo 55 años de edad. Este paraguayo jugó en los grandes equipos del continente americano y de Europa y fue titular de la selección nacional de su país.Ya retirado del fútbol lo encontré por casualidad en un parque de Cali y sin vacilar le dije que él, en mi concepto, era uno de los mejores jugadores que yo había visto en una larga vida de asistencia a los estadios. Por mis ojos desfilaron Alfredo Di Stéfano -a mi juicio el mejor de todos-, Pelé, Maradona, Cruyff, Messi, en fin todas las estrellas del firmamento de la número 5, y entre ellos está Roberto Cabañas, un superdotado que desequilibraba cualquier defensa y hacia goles antológicos como uno que le anotó al Deportivo Cali en un clásico que definía el campeonato de 1986, que ganó el América.Gran señor dentro y fuera de la cancha, Roberto Cabañas se metió en el corazón de la hinchada roja, y era un espectáculo verlo haciendo figuras con la pelota antes de los partidos o con sus temibles ‘cabañuelas’ que por lo general terminaban enviando el balón al fondo de la red.Me tomo la vocería de mis compañeros de divisa para decir que Roberto Cabañas fue un grande entre los grandes, y que no es fácil que nuestro equipo logre algún día tener un jugador de sus características. Cabañas era Cabañas. No habrá otro como él. Cometió un solo error en su exitosa trayectoria deportiva: su pueril falta que le valió la expulsión en el estadio Nacional de Santiago de Chile el trágico día en el que Peñarol ganó en el último minuto cuando con el empate salíamos campeones de la Copa Libertadores de América.

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