Avivatos

Agosto 08, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Lino Palacio, el genial caricaturista argentino, creó hace más de 50 años un personaje que era el protagonista de la tira cómica que aparecía en la estupenda revista Billiken que Editorial Atlántida hacía llegar a todos los países de habla castellana. Yo la compraba semanalmente y la guardé hasta que un día mi mujer me puso la alternativa: o te quedas con la colección de Semana o con la de Billiken, pues ambas no caben en la casa, sentenció como jueza italiana, haciendo honor a su ancestro. Opté por guardar los números de la revista fundada por Alberto Lleras, que contienen toda la trágica etapa de 1946 a 1953, cuando Colombia se precipitó al abismo insondable de la violencia, cuyas secuelas apenas ahora tratamos de liquidar.El personaje salido de la pluma del dibujante austral era un pícaro que parecía escapado de una novela del Siglo de Oro español, digamos Guzmán de Alfarache. Avivato, que así fue bautizado por su creador, era un sujeto que resolvía todos los problemas con métodos al margen de la ley, y, a veces, debajo de ella.Viendo este desbordado crecimiento de la truhanería criolla no puedo menos que recordar a Avivato, idéntico a estos bandidos que han inventado toda suerte de argucias para saquear al Estado, violando sus reglamentaciones y sus pesados formulismos. Esos compatriotas -algunos ya en la cárcel y otros a las puertas de las prisiones- se mueven como peces en el agua, y la gente -qué horror- no los tiene por bellacos sino por seres extraordinarios que se lucran de las arcas oficiales porque aquí ha hecho carrera el perverso criterio según el cual robar al Estado no es robar.Y ahí están. Generalmente son personas jóvenes, hombres y mujeres, bien trajeados, buenos mozos los unos y bellas las otras. Los varones usan ternos diseñados en Londres y las féminas visten de Versace. Aquellos atan los puños de las camisas con mancornas Cartier y estas portan anillos de diamantes que harían palidecer de envidia a las huríes de los jeques árabes.La víctima principal de tales especímenes suele ser el Estado, naturalmente con la necesaria complicidad de funcionarios venales y contralores que hacen la vista gorda, y que participan del botín. De pronto, el brazo de la Justicia se hace sentir y cuando aparece un Fiscal General de la personalidad y sapiencia de Eduardo Montealegre, el país se entera de esta corrupción que se lleva de calle todas las normas éticas para que sus beneficiarios embolsen sumas que no caben en mi modesta calculadora.Viendo el gráfico que hizo Semana del ‘carrusel’ de la contratación en Bogotá, uno queda asombrado de que allí, en plena capital de la Nación, en donde están todos los órganos del poder público, unos tipos menores de 40 años hayan podido hacerse con esos miles y miles de millones para construir la calle más visible de Colombia, que es la 26, por donde pasan diariamente no solamente los bogotanos sino todos los viajeros nacionales e internacionales que llegan al aeropuerto Eldorado.Avivato queda en pañales al lado de estos modernos delincuentes. Afortunadamente esta sociedad permisiva empieza a comprender que si no se le pone coto a este cartel de avivatos, la Colombia que decimos amar, sucumbiría, como han sucumbido civilizaciones enteras que cayeron en manos de los ‘vivos’. De esos émulos del argentino, que hoy son unos y mañana serán otros, si no despertamos del letargo cómplice.

VER COMENTARIOS
Columnistas