Aracataca

Mayo 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Cuando solicitó ciudadanía colombiana la periodista española Salud Hernández–Mora escribí una columna en la que protestaba pues para nada me gustaba tener por compatriota a una señora cuya ideología política se basa en los textos de José Antonio Primo de Rivera, creador de la Falange, movimiento que con el generalísimo Francisco Franco gobernó a España por 36 años, una dictadura atroz que surgió de la terrible Guerra Civil que tanta sangre costó a la Madre Patria.El argumento para mi oposición a que se le diera carta de ciudadanía a la dama hispana era el de que en esta tierra colombiana tenemos tanta gente iracundia, que para nada necesitamos a alguien que viniera a atizar la hoguera, despotricando de todo y de todos, como en efecto lo hace desde su columna dominical en El Tiempo.Por más cédula que tenga, por más carta expedida por la Presidencia y Ministerio de Relaciones Exteriores, ella para mí seguirá siendo persona ajena a nuestra historia y a nuestras tradiciones. Y me irrita que en su escrito del 20 de abril, tres días después de la muerte de García Márquez, se haya dejado venir con una diatriba terrible contra el nobel de Literatura, con la tesis de su alejamiento de Colombia y su ninguna ayuda a Aracataca, su pueblo natal.Pero lo de esta exaltada me molesta menos que la identificación que con ese escrito perverso tuvieron dos queridos amigos, uno destacado industrial y otra jurista eminente: ambos coincidieron en que García Márquez ha debido dotar de acueducto y alcantarillado a Aracataca, hacerle aeropuerto, pavimentar sus polvorientas calles, y construir teatro para grandes espectáculos.A los dos les respondí que el más grande colombiano de toda la historia no tenía ninguna obligación de asumir funciones que no eran suyas sino de los gobernadores de Magdalena en los últimos 30 años, varios de ellos presos por corrupción, y de los congresistas del mismo departamento, algunos en la cárcel por paramilitarismo.Es a ellos a quienes competía hacer todas las obras públicas necesarias para darles un buen vivir a los paisanos de García Márquez, quien no tiene ninguna deuda ni con Aracataca ni con Colombia, pues si alguna hubiese sin saldar, quedó cancelada con la gloria que le dio a su pueblo y a su país.Gabriel García Márquez es inmortal, no por haber nacido en Aracataca, que lo hace colombiano. Esa inmortalidad la logró por ese don sobrenatural que le dio Dios para imaginar lo que luego plasmaba en sus libros prodigiosos.A estos críticos de García Márquez les aconsejo averiguar cuáles obras hicieron los otros cinco latinoamericanos ganadores del trofeo sueco: el peruano Mario Vargas Llosa en Arequipa; la chilena Gabriela Mistral en Vicuña; su compatriota Pablo Neruda en Parral; el mexicano Octavio Paz en Ciudad de México; y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias en Ciudad de Guatemala. Seguramente nada, pero todos les dieron a sus naciones el orgullo de ser ganadores del máximo galardón de la literatura mundial.Así que la señora Hernández-Mora y mis dilectos amigos que comulgan con sus dicterios contra Gabriel García Márquez, deben iniciar campaña para que los responsables de hacer de Aracataca un pueblo agradable, pongan manos a la obra.Y es bueno también que tanto mediocre que habla del nobel colombiano sin haber leído su obra completa, empiece por La Hojarasca y termine con Memoria de mis putas tristes.

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