Álvaro Bejarano

Marzo 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Jamás pude llamarlo ‘Loco’ como le decían casi todos sus amigos, y siempre estuve por creer que a él no le molestaba el apodo y algunas veces pensé que exageraba para merecerlo.Nunca entendí eso de ‘Loco’, porque si hubo alguien con una mente cuerda y prodigiosa era Álvaro Bejarano Moncayo, el bugueño a quien conocía mucha gente y que era querido por todos, pues no creo que haya ido a la tumba dejando enemigos atrás.Lo que sí distinguía a Álvaro eran sus exageraciones, y muchas veces decía cosas que sabíamos no eran ciertas pero que no le causaban mal a nadie, como decir que había estudiado en diversas universidades colombianas y extranjeras y que era condiscípulo de cantidad de personajes ilustres. Yo, que fui amigo suyo por muchos años, gozaba oyéndole inventar cuentos como aquel de que Carlos Holmes Trujillo Miranda -de quien fue crítico acérrimo- encabezó como cómplice del SIC, un movimiento rebelde en la Universidad Nacional para tumbar al rector Luis López de Mesa, cuando en realidad ni Álvaro fue compañero de estudios de Trujillo, ni este cursó derecho en tiempos de López de Mesa. Pero Bejarano inventaba esas cosas y sus camaradas nos divertíamos con ellas.Fue polifacético, pues lo mismo editaba una revista deportiva que gerenciaba un banco. Fui miembro de la junta directiva de los Almacenes de Depósito del Banco de Occidente -Aloccidente- cuando Álvaro dirigía esa almacenadora, con excelentes resultados en sus balances.‘Redes y vientos’ fue su columna por largo tiempo en este periódico, y antes en El Pueblo, en donde con su paisano Marino Renjifo sosteníamos largas tertulias, a veces mejoradas con un buen licor, en las que los chispazos de Bejarano eran el picante de la noche.Cocinero de altos quilates, degusté con él exquisitas viandas en su acogedora casa de la Avenida Guadalupe, y como ambos compartíamos la tragedia de lo que significa un hijo muerto en plena juventud, ese dolor también nos hermanaba.Conocedor como pocos de los secretos del fútbol, nos unía el amor enfermizo e incurable por el América. Aficionado a los toros, era agudo comentarista de ese arte sublime, hoy con tantos detractores. Y podíamos estarnos toda una tarde hablando del cine clásico, pues él en Buga, y yo en Tuluá, habíamos visto todas sus películas.Una cruel enfermedad lo fue dejando inválido desde hace años, pero jamás lo doblegó e iba a cuanto compromiso social se sintiera obligado a asistir: grados de hijos de sus amigos, bodas, conferencias, y, sobretodo, sepelios de los que resolvieron partir antes. En todos esos actos estaba Álvaro en su silla de ruedas cumpliendo los mandatos de su corazón generoso.Va a hacer falta este amigo de todas las horas, tan próximo siempre cuando el dolor tocó a mi puerta. La nota que escribió para El País cuando murió mi madre es de una perfección literaria exquisita. Allá en el cielo se habrán dado un cariñoso saludo.No necesito, querido Álvaro, desear paz en tu tumba, pues toda la tienes, por la diafanidad de tu vida y la nobleza de tu alma. A tus hijos, que tanto amaste, y al resto de tu familia les hago llegar el sentimiento de mi consternación y de mi duelo.

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