Alfonso Reyes

Noviembre 12, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Juntos llegamos a la secretaría del viejo Externado de Colombia a matricularnos en el primer año de Derecho. Juntos estábamos en el listado de alumnos del curso pues mi apellido antecedía inmediatamente al suyo. Juntos competíamos por el primer puesto de la clase, que siempre ganaba él porque a mí se me introducía un 4 en alguna asignatura y el hombre obtenía 5 en todas. Y juntos concluimos la carrera y marchamos por senderos diferentes pues él se dedicó a la docencia universitaria y a la administración de justicia y yo me volví litigante y político activo.Alfonso Reyes Echandía era estudiante de escasos recursos. Tres años mayor que este servidor, sobrevivía como profesor en escuelas públicas de la capital y, con Teodosio Varela, otro condiscípulo, compartían pequeña pieza de la facultad que el rector Ricardo Hinestrosa les había dado para que pudieran estudiar sin gastos de alojamiento.Alfonso Reyes era hombre circunspecto que destacaba en el curso porque “se las sabía todas”, y cuando alguno de nosotros no entendía lo que decían en la cátedra Hernando Morales, o Fernando Hinestrosa, o Antonio Rocha, acudíamos a él para que nos aclarara los conceptos. Siempre estaba dispuesto a ayudar.Le encontré por última vez en noviembre de 1984 cuando nos reunimos en el Club de Ejecutivos de Bogotá para celebrar los 25 años de nuestra promoción. Ahí le vi pleno pues se había convertido en uno de los más ilustres penalistas de Colombia, con maestrías en Europa y profesor titular del Externado. Nada hacía presagiar el fatal desenlace del año siguiente.Cuando me enteré que el M-19 se había tomado la sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado, de inmediato pensé en mi compañero de estudios que en ese momento presidía la primera de esas corporaciones. No imaginé que fuese algo diferente a la toma por la misma guerrilla de la Embajada de la República Dominicana hacía pocos años, acontecimiento que fue muy bien manejado por el presidente Julio César Turbay. Eso se resuelve en pocos días, juzgué más con el corazón que con el cerebro.A eso de las 4 p.m. de aquel trágico 6 de noviembre de 1985 oí la para mi inconfundible voz de Alfonso Reyes rogándole al presidente Belisario Betancur que le pasara al teléfono y que ordenara la cesación del fuego de la artillería militar, que ya era tremendo pues se escuchaban disparos y explosivos. Yamid Amat pudo hablar con Alfonso y este reiteraba su petición de que cesara el operativo castrense para poder dialogar con los guerrilleros.De pronto la radio no siguió al aire y después se supo que la ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín, había ordenado suspender las noticias radiales y dispuesto que Inravisión transmitiera el partido de fútbol Millonarios– Unión Magdalena. De allí siguió el holocausto en el que perecieron los más altos cultores de la justicia nacional, con otras cien personas. Hubo 11 desaparecidos.Como ahora andamos en la onda de la paz del país, considero que no es sano echar sal a las viejas heridas. Solo quiero decir que el espíritu poético y bonachón de Belisario ha debido tener piedad con la gente que estaba en grave riesgo de muerte a tres cuadras de su despacho y ordenar a su ministro de Defensa, Miguel Vega Uribe que parara el operativo para dialogar con el M-19 y evitar la masacre. El presidente fue inferior al momento y a sus obligaciones como jefe de Estado.

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