¿A quién representan?

Octubre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Los griegos consideraron hace miles de años que era imposible que todos los ciudadanos se reunieran en el ágora para decidir la vida de la sociedad e imponer las normas legales que les permitieran tener calidad de nación, y fue así como inventaron el sistema representativo, base de la democracia, según el cual el pueblo soberano delega en unos pocos la facultad de dictar las leyes para que los jueces las apliquen, y escoger el líder que conduzca a la comunidad.Muchos pueblos acogieron ese sistema político, entre ellos Colombia en cuya Carta se establecen las reglas para que la ciudadanía, en elecciones libres vigiladas por el Estado, integre las corporaciones públicas, Senado, Cámara, asambleas y concejos.En el programa radial ‘Oye Cali’, en el que participo, fue entrevistada Paloma Valencia, candidata al Senado por el Centro Democrático, le pregunté si en un escenario en el que no estuviese Álvaro Uribe, cuántos votos alcanzaría la lista dada a conocer en estos días. Haciendo alarde de sinceridad, que habla bien de ella, me respondió: “Muy poquitos”. Cuando le dije que eso no se compadecía con los fundamentos de la representación popular porque ella y sus compañeros solamente representaban al jefe y no al resto de colombianos, muy claramente manifestó que ellos serían congresistas de Uribe. Solamente a los desconocedores de la política colombiana -y aún de la mundial– puede caberles en la cabeza que Uribe esté movido por un profundo amor de patria y por un deseo inmenso de mejorar el bienestar de sus conciudadanos. Allí lo que hay es un interés mezquino de satisfacer el resentimiento que tiene con el presidente Santos, por haber este resuelto desde su posesión que no sería marioneta de Uribe, cuyo afán de venganza es ya enfermedad mental que debe ser observada por los psiquiatras.El Centro Democrático no es otra cosa que una corte de admiradores de un líder megalómano que juzga que su misión de salvador del país aún no está cumplida, y quiere llegar al Congreso para constituirse en un ariete contra Santos, si es reelegido, o en amo y señor del poder, si uno de los suyos gana la Presidencia. Si esto último sucede, en la Casa de Nariño podrá escribirse lo que un valiente mexicano grabó en una de las paredes del Palacio de Chapultepec, ocupado por un títere: “El presidente vive aquí; el que manda vive en otra parte”.Eso ha sucedido en varios lugares del mundo, cuando los pueblos, hipnotizados, se dejaron obnubilar por un ser que consideraban superior. Así sucedió con el Nacional-socialismo alemán de Hitler; así, con el Fascismo italiano de Mussolini; así, con la Falange española de Franco; así, con el Justicialismo argentino de Perón. Todas esas organizaciones gravitaban alrededor de un hombre -uno solo- que disponía de vidas y haciendas.En el conato electoral de Uribe no hay un partido, ni una doctrina, ni un programa de gobierno, ni una hoja de ruta para sus parlamentarios. Se ve, sí, un variopinto abanico de hombres y mujeres que no tienen un voto, a excepción de María del Rosario Guerra, que cuenta con la maquinaria política que domina a Sucre desde hace 50 años y que hoy tiene en la gobernación a su tío Julio César Guerra. Esta dama es la única que puede decir que cuenta con los 50.000 votos requeridos para llegar al Senado. Los demás, juntos, no alcanzan a completar los 450.000 que es el umbral necesario para no desaparecer de la escena. Sin Uribe no habrá dietas.

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