90 bien vividos

Agosto 02, 2017 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En un país en el que el promedio de vida es de 73 años, cumplir 90 es una hazaña, y llegar a esa edad con la vitalidad, con la energía, la memoria y el humor de Édgar Materón Salcedo, linda con los predios del milagro.

Pues bien, ese bendecido por Dios es mi amigo Édgar, a quien conozco hace más de medio siglo, y yo, que también gozo de memoria feliz, no tengo certeza de la fecha en la que nació una amistad que se convirtió en hermandad, y forzándola recuerdo su llegada a Tuluá como gerente de Levapán, la fábrica de levaduras cuyo principal accionista era Guillermo Ponce de León, muy próximo a mi familia por su relación con mi padre.

Pero no fue en mi pueblo donde surgió el vínculo con Materón. Fue en la política pues ambos coincidimos en el sector liberal dirigido por Carlos Lleras Restrepo, que en el Valle comandaba Marino Renjifo, paisano de Édgar e íntimo amigo de ambos.

Édgar, aparte su actividad política que lo llevó al Concejo del municipio de Buga, varias veces a la Asamblea Departamental, y a altos destinos en la Gobernación y en la Alcaldía de Cali, era connotado banquero como gerente del Banco de Bogotá en su ciudad natal y luego vicepresidente regional, desempeñando este último cargo primero en Buga y luego en Cali. Fue aquí donde creció el mutuo afecto pues de sus responsabilidades bancarias pasaba a las campañas rojas, por lo general exitosas porque entonces el liberalismo era la primera fuerza electoral en el Valle del Cauca.

Marino Renjifo Salcedo, Libardo Lozano Guerrero, Édgar Materón Salcedo y yo iniciamos la Mesa Liberal de los martes, en un club local, que aún persiste luego de 50 años. Del grupo inicial, solamente Édgar y yo sobrevivimos.

Hoy somos diez participantes que tenemos como sagrada la cita hebdomadaria, en la que se habla principalmente de política y de las cosas que pasan en el país. La única mujer de ese convite es Soffy Arboleda Cadavid, quien se incorporó hace quince años, y que paga su consumo como cualquiera de los demás pues esa fue la condición que impuso al ser admitida.

Por Édgar Materón fui nombrado abogado externo del Banco de Bogotá para Cali y allí permanecí por 20 años hasta que él se retiró a gozar de la jubilación. Por esa vinculación profesional pude darme cuenta de la inteligencia superior y de la capacidad financiera de un hombre que sin títulos académicos, llegó a alcanzar la confianza de los encumbrados jerarcas del banco, como don Jorge Mejía Salazar, que lo distinguía y le confiaba las más delicadas gestiones. Por ese motivo Édgar viajaba frecuentemente a Quito y Panamá, en donde sus opiniones eran acatadas por la profundidad de su juicio como banquero.

La gente del Banco de Bogotá lo amaba porque siempre fue un jefe enérgico, pero cordial con todos, y los clientes del gigante financiero encontraban en él consejo oportuno para sus negocios.

Lo he dicho siempre y hoy lo consigno en esta nota: uno de los grandes beneficios que me dio la vida -también larga- fue haber encontrado en el camino una persona de las excelencias como amigo de Édgar Materón. En mis alegrías y en mis penas ha estado presente, con su hombro dispuesto a apoyarme. Con tragedias similares, sabiendo que el común afecto jamás faltaría, hemos podido seguir adelante.

Y ahí vamos. Ahora que cumplió 90 años quiero manifestar que de ellos he compartido más de la mitad y él la mitad de la mía. Le va un fraternal abrazo.

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