60 años de 10 - V - 57

Mayo 24, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Es posible que en un país tan violento como Colombia los liberales hayan ejercido violencia contra los conservadores –no me refiero a las guerras civiles en las que era dando y dando y en las que, por lo general, ganaban los godos que nacen con mejores condiciones para el combate, sino a tiempos normales-. Se dice que cuando el Partido Liberal volvió al Gobierno en 1930, luego de 45 años de ostracismo, hubo unos hechos de sangre en Santander que hicieron que el presidente Olaya Herrera designara gobernador de ese departamento a Eduardo Santos, quien logró pacificar la región.

Lo dicho atrás no me consta porque no había nacido. Lo que sí me costa porque lo observé personalmente fue el proyecto político que montó el Partido Conservador cuando recuperó el poder en 1946 con Mariano Ospina Pérez, y con el mandato de que el sucesor tenía que ser Laureano Gómez.

Fue tal el accionar violento del Estado en todos sus niveles que los liberales, convocados por Ospina a lo que se llamó Unión Nacional, se vieron forzados a retirarse del gabinete a principios de 1947 porque sus copartidarios de todo el país eran víctimas de quienes, obedeciendo consignas oficiales, se dieron a toda suerte de desmanes. Tuluá fue el cuartel general de la ‘pajaramenta’ que comandaba León María Lozano, el tristemente célebre “Cóndor”, que causó innumerables víctimas en mi pueblo.

La tragedia fue creciendo. El 9 de noviembre de 1949, Ospina declaró el estado de sitio, clausuró el Congreso de mayoría liberal, alteró el sistema de votación en la Corte Suprema de Justicia para que sólo por mayoría calificada pudieran caerse los decretos dictados al amparo de la ley marcial, e impuso censura de prensa.

Fueron tantos los desafueros que el 6 de septiembre de 1952 los diarios liberales El Tiempo y El Espectador fueron incendiados –yo vi esos incendios- lo mismo que las casas del expresidente Alfonso López Pumarejo y la del jefe liberal Carlos Lleras Restrepo, quienes tuvieron que asilarse en embajadas extranjeras y salir del país.

En ese ambiente insoportable, el 13 de junio de 1953, Laureano, ya presidente en licencia por enfermedad, desalojó al designado Roberto Urdaneta y asumió el mando al que había llegado en elección solitaria porque el liberalismo no concurrió por falta de garantías. A las pocas horas, un general del Ejército, Gustavo Rojas Pinilla, impulsado por Ospina Pérez y otros jerarcas conservadores distanciados de Gómez, dio golpe de estado y se instaló en el poder en medio del júbilo de los liberales, especialmente, que lo vimos como el salvador de la patria.

Duró poco la dicha porque a Rojas también le brotó su derecha boyacense y permitió que regresara la persecución al trapo rojo. Pero ahí surgió un auténtico prócer, Alberto Lleras, que fue a España, en donde estaba exiliado Laureano y lo convenció de que para tumbar a Rojas había que deponer antagonismos y crearon el Frente Nacional, que resultó triunfante porque el 10 de mayo de 1957, se produjo la salida de Rojas, abuelo de Samuel e Iván Moreno Rojas.

En aquella fecha cursaba yo tercer año de Derecho, y naturalmente me sumé al movimiento que derrocó a Rojas, tal como lo hicieron todos los jóvenes colombianos que no soportaban tanta ignominia. Fue un día de gloria, que dio un vuelco a la política pues liberales y conservadores pudimos convivir en paz con paridad burocrática y alternancia en la presidencia, con votos y sin balas.

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