Viviendo en la jungla

Julio 16, 2017 - 06:25 a.m. Por: Jorge Ramos

Casi todos vivimos en la jungla. Entre atrapados y encarcelados a voluntad; algo así como un pájaro en una jaula abierta pero que no se atreve a escapar. La jungla es Twitter, Facebook y ese conglomerado de cables e ideas que llamamos Internet.

Primero una confesión: yo estoy metido en la jungla desde enero del 2010, cuando lancé mi primer tuit. Desde entonces, he enviado más de 18 mil. Me da un poco de pena hacer las cuentas porque las restas son muy dolorosas. He perdido meses de mi vida leyendo cosas que no valen la pena, y me he desvelado mil veces con un aburrido dedo bailarín sobre la pantalla de mi celular. Además, claro, de escribir un par de burradas.

Todo, solo. Las redes sociales son la mejor manera de acercarse a los que están lejos a costa de alejarse de los que estás cerca.
A Facebook entré más tarde, sólo para cuestiones del trabajo. Unos minutos en Facebook Live pueden llegar a millones de personas, y son mucho más baratos que un satélite de televisión.

Sin embargo, no le he abierto a Facebook la puerta de mi casa. Entiendo y respeto a los que quieren compartir su vida privada, aunque no sé qué tan privada es una vida cuando se comparte con los amigos de los amigos de mis amigos.

Facebook, Twitter, Instagram y otras redes sociales son armas poderosísimas para comunicar un mensaje. Casi todos los días mis compañeros en Univisión y yo nos hacemos la pregunta de ‘los tres millones de ojos’. ¿Esperamos al noticiero de televisión de la noche para dar a conocer una noticia, o la sacamos inmediatamente a través del internet?

El nuevo poder es digital. Y Donald Trump lo sabe usar.
“Los medios de las noticias falsas odian cuando uso lo que ha resultado ser mi muy poderosa red social, ¡más de 100 millones de personas! Puedo sacarles la vuelta”, tuiteó Trump recientemente.

¿Puso Twitter a Donald Trump en la Casa Blanca? Muy posiblemente. “El rol de Twitter [en la elección] es algo muy malo”, comentó el mismísimo fundador de Twitter, Evan Williams al diario The New York Times. “Si es cierto que él (Trump) no hubiera sido presidente sin Twitter entonces, sí, de verdad, lo siento”.

Creo que es un poco tarde para disculpas. Twitter y los otros ‘pajaritos’ del Internet son muy buenos para comunicar nuevos mensajes y para abrir mercados, pero muy malos cuando se trata de destruir personas. Es como Angry Birds tamaño King Kong.

El 40% de los usuarios del Internet dicen haber sido víctimas de algún tipo de hostigamiento, según un estudio del Pew Research Center. Y ese porcentaje sube peligrosamente al 65% entre los internautas más jóvenes (de 18 a 24 años de edad). Que levante la mano a quién no le han dado un zape en las redes sociales.

Cada vez que escribo algo criticando a Trump o a Enrique Peña Nieto, o algo que defienda a los inmigrantes me llega una avalancha de odio que tupe las tuberías. No tengo ningún problema con los que piensan distinto a mí. La comunicación es de ida y vuelta, y por eso suelo aceptar entrevistas en Fox News para debatir temas complicados. Pero una parte de los comentarios en Internet suelen estar cargados de insultos, descalificaciones, frases racistas y amenazas.

Quizá lo grave es que ya nos hemos acostumbrado a que Internet es una selva, con sus monstruos, y que ahí cualquier cosa puede ocurrir. Además de ser una lona de lucha libre planetaria -con escupitajos, mocos y golpes bajos- es un repositorio de las mentiras más sofisticadas.

Es el reino de las ‘fake news’, o noticias falsas . No, el Papa jamás apoyó la candidatura de Trump. “Nunca digo ni una palabra sobre las campañas electorales”, tuvo que aclarar días antes de las votaciones en Estados Unidos.

Y, sí, fue una gran mentira que Barack Obama hubiera nacido en África y no en Hawái, aun cuando Trump y sus simpatizantes propagaron la mentira durante años.

El Internet es la jungla. Es ahí donde casi todos, de alguna manera, sobrevivimos. Nadie nos obliga. Es quizás uno de esos actos de auto sabotaje, medio inconsciente, en parte masoquismo. Pero por mil razones no nos atrevemos a dejarla.

Me encanta hablar de esto con mi mamá, que hace rato pasó de los ochenta y que vive alegre e intensamente sin Internet. “Ay mijito”, me dice, “yo de esas cosas ni entiendo”. Yo tampoco, mamá. Yo tampoco.

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