Tecnoadicción

Noviembre 28, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Abiquiú, Nuevo México. Viajar a este aislado pueblo en el norte de Nuevo México es como viajar al pasado distante. Rodeado de desierto y montañas, Abiquiú es uno de los pocos lugares de Estados Unidos donde el servicio de telefonía celular no llega. Cuando una compañía telefónica dice en su publicidad que cubre el 95% de la Nación, puede estar seguro de que parte de Abiquiú está incluido en el 5% restante, junto con, supongo, los lugares más remotos de Alaska. El hotel en que me hospedé, al lado de una carretera y supuestamente el mejor de la zona, prometía al menos una conexión inalámbrica con Internet en el lobby. Pero mi laptop y el recientemente comprado iPad no registraron ni una barrita de señal, ese símbolo mínimo que sirve para garantizar que efectivamente estás conectado al mundo. No tardé en enterarme de que el sistema de Internet inalámbrico del hotel no funcionaba desde hacía dos semanas, aunque nadie se había quejado hasta mi llegada. Rápidamente resultó obvio que Abiquiú y yo vivíamos a ritmos distintos. Estaba aislado y no podía hacer nada al respecto. Esa noche no pude desearle buenas noches por teléfono o email a mi hijo de 12 años de edad. Cuando traté de explicarle, unos días después, no pudo entenderlo. Su mundo, desde que se levanta hasta que se duerme, está plagado de textos, tweets, emails y juegos de vídeo en internet. Para él es casi imposible entender que su padre creció en un mundo sin computadoras, sin celulares, sin controles remotos y con un viejo televisor de blanco y negro con tres canales que sólo se podían empezar a ver a media tarde. Lo curioso es que, aunque le llevo 40 años de edad, los dos descubrimos la actual revolución tecnológica al mismo tiempo. La mayor parte de las veces es él quien me enseña cómo bajar aplicaciones o convertir mi celular en televisor, alarma de reloj, calendario, directorio y minicomputadora. Pronto me ayudará a bajar las canciones de los Beatles por iTunes. Los dos dependemos de esa tecnología por igual. Por eso me sentí tan perdido en Abiquiú. Las primeras horas fueron las más difíciles. Estaba en total negación. “¿Cómo es posible que estas cosas no funcionen?”, pensaba mientras veía impotente mi celular, laptop e iPad. Y me resistí a apagarlos, esperando una especie de milagro digital que nunca llegó. Luego, sentado en el lobby del hotel y esperando a que el cocinero preparara la cena, la única forma de pasar el rato fue hojear dos viejas revistas, las dos con Lady Gaga en la portada. La ironía no podía ser mayor: ahí estaba yo leyendo sobre una de las artistas más populares y extravagantes del mundo, mientras estaba atrapado en uno de los lugares más aislados de Nuevo México. Después de las primeras doce horas en Abiquiú, mi ansiedad de no poder usar tecnología para comunicarme con nadie empezó a disminuir gradualmente. Para entonces, sin embargo, no me quedaba la menor duda de que yo era un verdadero adicto a la tecnología –que era adicto a mi celular y a Internet. Tras dormir inmerso en silencio total, desperté buscando mi teléfono en la oscuridad, tanteando en la mesita de noche. Nada. No había señal. Salí a caminar. El paisaje era maravilloso; las rocas grises de las montañas se perfilaban contra un sol rojizo y el aire abría suavemente mis pulmones. Pero mi corazón, desafiando la paz y la salud, latía como un tambor de guerra. Esperaba una llamada, un correo electrónico, alguna ínfima señal de que no estaba solo. Finalmente, decidí que tenía dos opciones. La primera: sucumbir a mi ansiedad y ceder a mi adicción tecnológica, respirar profundamente y tratar de disfrutar de un día desconectado del mundo. La segunda opción era irme. Así que me fui. Desaproveché una oportunidad única de descansar, de desconectarme y de ver el mundo bajo una luz diferente. Pero la verdad es que ni siquiera pude esperar a llegar a Santa Fe para ver mis mensajes. A doce millas de Abiquiú, en el auto, mi iPhone regresó a la vida y rápidamente se llenó de tweets, correos y mensajes. Ya no me sentía solo. La ansiedad que me había poseído las últimas 24 horas desapareció. Pero la verdad es que ninguno de los mensajes en mi teléfono era urgente. La mayor parte de mis correos era básicamente basura. Y me quedé con la muy incómoda sensación de que toda esta nueva tecnología, que supuestamente debe liberarnos para comunicarnos más eficaz y libremente, me ha convertido en otro de sus esclavos.

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