México bronco

Julio 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

“Descubrí que el verdadero México es un país con una constitución y leyes escritas, tan justas en general y democráticas como las nuestras; pero donde ni la Constitución ni las leyes se cumplen”. Esto lo escribió en 1911 el periodista estadounidense, John Kenneth Turner, en su libro “México Bárbaro”. Más de 100 años después, la frase todavía se sostiene. Desde luego, mucho ha cambiado en México desde el Porfiriato y el inicio de la revolución. Pero entre los mexicanos aún existe la sensación de que siguen existiendo dos Méxicos: uno, pequeño, el de los gobernantes, los ricos, los privilegiados y sus amigos; y otro, el más grande, donde los abusos, la falta de justicia y de oportunidades son la regla. Un dato: En el 2013 los mexicanos sufrieron 33.1 millones de delitos, según la encuesta de ENVIPE. La mayoría de esos crímenes, 31 millones de ilícitos, no fueron siquiera investigados. Esto quiere decir que la impunidad en México en el 2013 fue del 93.8 por ciento, cifra superior a la del 2012 (92.1%). Si se suman los más de 37 mil asesinatos desde el 2012, las masacres de Ayotzinapa y Tlatlaya, y las acusaciones de corrupción por la compra de la llamada “Casa Blanca” a un contratista del gobierno (entre muchos otros conflictos de interés), es fácil entender por qué tantos mexicanos quieren un cambio. No hay nada raro en esto, ni se trata de ninguna conspiración internacional para enlodar la marca México. Las cosas no están bien. Por eso en las pasadas elecciones ganó el candidato independiente, Pedro Kumamoto, de 25 años, para el Congreso del Estado de Jalisco. Por eso, también, Jaime Rodríguez, alias El Bronco, se convertirá en el primer gobernador independiente del Estado de Nuevo León. “Hay un enojo con los partidos políticos”, me dijo en una entrevista antes de la votación. “Hay un enojo por el tema de la corrupción.” (Aquí está la entrevista de televisión: bit.ly/1SoqxBg ) Sí, es cierto. México está enojado. El PRI, el partido en el poder que controla la Presidencia y el Congreso, ha tenido que ajustarse a las enormes presiones de cambio en México. Obtuvo apenas el 29 por ciento del voto en las pasadas elecciones. Atrás quedaron los días en que el candidato del PRI podía “ganar” el 100 por ciento de los votos en 1,762 casillas como lo hizo el ex presidente Carlos Salinas de Gortari en el mayúsculo fraude electoral de 1988. Pero aún hay una enorme resistencia y se nota. El viejo PRI no ha desaparecido y sigue dando coletazos: con moches, con abusos de autoridad, con presiones a la prensa y una bien aceitada maquinaria de corrupción. Esta resistencia la explica perfectamente el Premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, en su magnífico libro “Thinking, Fast and Slow.” Su teoría es que las personas y los sistemas tienden a regresar al promedio, a lo normal, a lo que están acostumbrados. Aunque un corredor haga un tiempo récord en una competencia, eventualmente regresará a correr en sus tiempos habituales. Lo mismo pasa con las naciones. México necesita un cambio urgente. Alguna vez hasta llegué a pensar que estaba listo para un revolcón social (como en Guatemala, donde la vicepresidenta fue obligada a renunciar y las investigaciones de corrupción están llegando hasta las puertas de la presidencia). Pero ese cambio no acaba de concretarse a nivel nacional. Los tres partidos políticos tradicionales obtuvieron la mayor parte de los votos en las pasadas elecciones. A pesar de las protestas, de la presión de las redes sociales y de la creciente crítica al incierto rumbo del país, el cambio está ocurriendo muy poco a poco. Es decir, un Bronco por aquí y un Kumamoto por allá. Pero el sistema se mantiene casi intacto. Por eso lo que escribió Turner en 1911 suena tan cierto hoy. ¿México bárbaro versión 2015? ¿México bronco? No, no por ahora. Más bien un México enojado e inconforme pero aún acurrucado en lo que conoce. Sin embargo, los indignados son tantos que nadie puede dormir tranquilo. Y eso está bien. Así de inquieto debe estar un país que se quiere deshacer de lo que apesta.

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