Las manos del doctor Q

Agosto 06, 2017 - 06:30 a.m. Por: Jorge Ramos

Jacksonville, Fla. El cerebro está pulsando frente a mí. Nunca imaginé que el cerebro latiera como un corazón. Es beige, casi café claro, y las venas y arterias son moradas, extendidas, como arañas cuidando su presa. No puedo voltear a otro lado. Si el alma existe, está ahí dentro.

El cerebro está a la vista. Hace poco más de una hora que comenzó el complicado proceso de rasurar el cabello, cortar la piel y el cráneo, y levantar la duramadre, la bien llamada membrana que protege maternalmente al cerebro. Un pedazo de hueso, cuadriculado y de unos 5 centímetros por lado, fue cortado con una sierra especial, y la ponen a un lado como pieza de Lego. Veo ese cerebro, y lo único que puedo decir es “qué maravilla”. Me refiero tanto al órgano como a los meticulosos médicos que literalmente abren al paciente.

Lo que me toca ver es extraordinario. A lo largo de toda la operación el paciente está despierto. Está ligeramente sedado, y le han puesto una anestesia local para evitar el dolor, pero conversa con los doctores y responde a todas las preguntas que le hacen. ¿Por qué está despierto? Para asegurarse que los cortes del bisturí en su cerebro no afecten el habla, su memoria y ninguna de sus funciones.

M, un joven de 29 años de edad, tenía un tumor cerebral y me permitió, junto a un equipo de televisión, filmar la operación. M puso su fe y su cerebro en manos del doctor Alfredo Quiñones y de los expertos de la Clínica Mayo. Yo hubiera hecho lo mismo.

El doctor Q es una leyenda. A sus 49 años ha realizado unas 2.500 operaciones de cerebro pero la historia más apasionante es cómo llegó a ser uno de los más talentosos neurocirujanos del mundo.

Quiñones fue un indocumentado en Estados Unidos. Nada ha sido fácil para él. A los 3 años, su hermana murió por una diarrea. Desde los 5 años le ayudaba a su papá en una pequeña estación de gasolina en Mexicali, Baja California. Pero cuando su papá perdió el trabajo, decidió saltarse la cerca hacia Estados Unidos. Lo agarraron la primera vez, pero el mismo día lo volvió a intentar y pasó. Tenía solo 19 años de edad.

Trabajó en la agricultura en el norte de California, y luego como soldador. Un familiar le dijo que nunca dejaría los campos de cultivo. Pero se equivocó. Quiñones fue a un colegio comunitario para aprender inglés, legalizó su situación migratoria y más tarde fue aceptado en la Universidad de California en Berkeley, a un ladito de donde levantaba hierbas, frutas y verduras. A eso siguió la Escuela de Medicina en Harvard.

Al doctor Q le gusta decir que las mismas manos que levantaron tomates ahora salvan vidas, y no exagera.

Hace ejercicios de boxeo los fines de semana, pero sus manos son pequeñas y delgadas, lavadas un millón de veces, estables, precisas, morenas. En esta época en que se destacan tanto las cosas que nos diferencian, es aleccionador hablar con un neurocirujano. “Todos nos vemos iguales,” me dice el doctor Q. No importa el color de piel, país de origen o ideas. El cerebro nos une, física y literalmente.

A través de su fundación Brain, Quiñones hace un peregrinaje anual a Guadalajara y a la Ciudad de México para operar a personas de bajos recursos. Y ahora tiene una nueva meta: encontrar una cura para el cáncer cerebral. Me enseñó sus laboratorios, con la última tecnología, para aprender cómo ponerle un freno a las células cancerosas que migran a otras partes del cuerpo. (En él fue el primero que pensé cuando me enteré del cáncer del senador John McCain.) Y no debe sorprenderle a nadie que el doctor Q trabaje con muchos inmigrantes como él, de todas partes del mundo.

“Vamos a cambiar el mundo” es su frase favorita, y con cada operación nos demuestra que es posible. Pero regresemos a la sala de operación.

M sigue despierto. El doctor Q llegó hasta su tumor -con la ayuda de gigantesco microscopio para ver lo más chiquito- y todo parece indicar que es benigno. El cerebro es increíblemente frágil. Lo escarba como si fuera una gelatina, con una cucharita parecida a las que se usan para el helado.

El doctor deja su silla donde opera, le da la vuelta a la mesa, toma la mano del paciente y le da un fuerte apretón. “Todo está bien,” le dice Q a M. “Todo está bien.”

Mientras, el cerebro sigue pulsando.

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