La credibilidad es todo

Julio 31, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Los pilotos saben volar aviones. Los futbolistas meten goles. Y los cerrajeros abren puertas. Ese es su oficio. Los periodistas también tienen un oficio: credibilidad. Si no se puede creer a un periodista, su trabajo no vale nada. Como parte de nuestro esfuerzo para informar acerca de lo que está ocurriendo en el mundo, los periodistas reporteamos lo que vemos y lo que encontramos en el campo. No es poca cosa, la credibilidad no es sólo nuestro oficio, es nuestro activo más valioso. Y si lo que transmitimos no refleja la realidad, la gente dejará de confiar en nosotros. Conozco a muchos periodistas a los que nadie les cree nada. Algunos estuvieron o están muy ligados con el gobierno. Son simples voceros. Otros reciben dinero por decir cosas. Varios más tienen una agenda ideológica. Son, quizás, publicistas pero no reporteros. No se les puede creer. Por supuesto, hay otro tipo de periodistas: los reporteros que son fieramente independientes y que dicen lo que ven, aunque duela o sea impopular. No les da miedo preguntar. Hacen temblar a los poderosos. Investigan lo que otros esconden. Leerlos y verlos es una obligación. Esos son los verdaderos periodistas. Todo esto me vino a la mente al observar cómo se extendía el escándalo en que está metido Rupert Murdoch, el presidente y socio mayoritario de News Corporation y de su periódico británico, The News of the World. Aunque tenía una circulación de 2.7 millones de ejemplares, el tabloide cerró sus puertas porque demasiados de sus reporteros habían dejado de lado la credibilidad y se habían dedicado a buscar el sensacionalismo. Una cultura en la que el verdadero periodismo y la ética fueron desplazados por interferencias telefónicas se apoderó del periódico. A juzgar por la popularidad de The News of the World, quizá eso sea un buen negocio, pero sin la menor duda no es periodismo. Los problemas de la News Corporation, dueña también de Fox News, The Wall Street Journal y muchos otras organizaciones de noticias en el mundo, se remontan a varios años. En el 2007, uno de los reporteros de The News of The World, Clive Goodman, y un investigador privado, Glenn Mulcaire, se declararon culpables de intervenir teléfonos. Ambos cumplieron condenas en la cárcel. De hecho, entre la gente a la cual se le espió habían miembros de la familia real británica, políticos y una niña de 13 años de edad, Milly Dowler, quien desapareció y fue asesinada en 2002. El “hackeo” al teléfono de Milly hizo creer falsamente a sus padres que aún estaba viva cuando. En realidad, ya había muerto. Eso, además de ser ilegal, es increíblemente cruel. Cuando los detalles de las intervenciones telefónicas fueron dadas a conocer por los padres de Dowler, un público escandalizado empezó a preguntar: ¿Dónde estaban los editores? ¿Dónde estaban los líderes de la compañía? Rupert Murdoch, su hijo James y Rebekah Brooks, quien recientemente renunció a su puesto como directora ejecutiva de News International y había sido editora de The News of the World, testificaron el 19 de julio ante un comité de legisladores británicos que sabían muy poco, o nada, acerca de las interferencias telefónicas o de otras violaciones de la conducta ética en el tabloide, que incluían acusaciones de que agentes policiacos eran sobornados para que proporcionaron información sobre ciertos artículos. Independientemente si esto es cierto o no, los gerentes del diario fueron culpables de negligencia y, más aún, de recurrir al sensacionalismo para vender periódicos. Y así perdieron la confianza de millones. ¿Cómo confiar en un medio que durante años ocultó sistemáticamente la verdad y espiaba los teléfonos? Esto del periodismo es algo muy frágil; es una simple cuestión de confianza. Es algo casi religioso. Crees en un medio o no crees. Y si pierdes la confianza –como un jarrón que se rompe en mil piezas– nunca más la vuelves a recuperar. Yo entiendo que ante millones de datos disponibles en Internet es muy difícil saber a quién creer. Pero la tarea del periodista es seleccionar la información. Después de todo, la diferencia entre alguien que twitea o lanza mensajes a través del Facebook y alguien que reportea es que este último confirmó la información e hizo un esfuerzo sincero y profesional por decir la verdad. Termino con una anécdota: En Miami suelen matar a Fidel Castro dos o tres veces por año. Y siempre ha resucitado. Un día en un supermercado una pareja de cubanos discutía los más recientes rumores sobre la aparente muerte de Fidel sin percatarse de que yo iba detrás de ellos. “Dicen que Fidel está muerto”, dijo ella. “Bueno, pues hasta que yo no lo oiga en el noticiero de televisión, no lo creo”, contestó él. Esa muestra de confianza es enorme. Gigante. Y nunca lo olvido. En el fondo, el periodismo es una cuestión de credibilidad. Para nosotros los periodistas, lo más importante es que nos crean. Nada más.

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