Ellos tienen un sueño

Junio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

El sistema de inmigración de Estados Unidos está fallando no sólo con los inmigrantes indocumentados, sino con todos. Para entender las consecuencias de largo alcance de este problema analicemos los casos de una niña de 7 años de edad y cuatro estudiantes en edad universitaria. Cada una de sus historias es una tragedia, y no están solos: para cuatro millones como ellos no hay una solución a la vista.Daisy Cuevas, una escolar de segundo grado en la New Hampshire Estates Elementary School en Silver Spring, Maryland, fue parte de una sesión televisada con Michelle Obama el mes pasado: “Mi mamá, ella dice que Barack Obama está llevándose a todos los que no tienen papeles”, dijo a la primera dama. “Pero mi mamá no tiene papeles”. Sus padres son inmigrantes indocumentados de Perú. Cuevas estaba en lo correcto: tomando en cuenta las repatriaciones voluntarias, la administración de Obama ha deportado a más inmigrantes indocumentados durante su primer año (387.790) que George W. Bush en sus últimos doce meses en la Casa Blanca (369.221), según cifras del Departamento de Seguridad Interna.Aproximadamente cuatro millones de niños en Estados Unidos tienen cuando menos un progenitor indocumentado, según el Pew Hispanic Center. Y si deportan a sus padres, los contribuyentes estadounidenses pagarán las consecuencias.Algo debe hacerse y rápido. Michelle Obama no tuvo una solución para Daisy Cuevas, y su esposo tampoco la tiene.Cada año, unos 60 mil estudiantes indocumentados se enfrentan a un obstáculo más, en lo que quizá sea la mayor crueldad del sistema educacional estadounidense: logran cursar sus estudios de high school (preparatoria) pero no pueden inscribirse en una carrera profesional.Muchos de ellos no pueden pagar las colegiaturas de una universidad privada y las instituciones públicas no los reconocen como residentes legales, elegibles para inscribirse en ellas.Este es el caso de cuatro jóvenes que conocí en Miami, todos ellos traídos por sus padres de forma ilegal a Estados Unidos cuando eran muy pequeños. A lo largo de cuatro meses, caminaron alrededor de 1.500 millas desde Florida hasta la Casa Blanca para exigir el Dream Act, una propuesta inmigratoria que daría a ellos, y a muchos otros aspirantes a estudios universitarios, un estatus legal. Su caminata me hizo recordar las famosas palabras de Winston Churchill: “Si estás cruzando el infierno, sigue caminando”.El presidente Obama no los recibió. Pero sí se entrevistaron con dos de sus asesoras. No pudieron entrar a la Casa Blanca, me explicaron, porque no tenían identificación oficial.“Nosotros empezamos a caminar para perder el miedo de ser indocumentados”, dijo Carlos Roa, de 22 años. Nació en Caracas y su familia lo trajo a Estados Unidos cuando tenía 2 años.Felipe Matos, de 24 años y nacido en Brasil, dijo que pudo asistir al Miami Dade College, una institución comunitaria, pero no pudo enrolarse en una universidad de cuatro años. Quizá la mayor ironía es que quiere ser maestro. “Yo no soy muy diferente de mis amigos que son ciudadanos americanos”, me dijo. “Nos gustan las mismas cosas en la Tv, crecimos juntos. Pero sólo porque no tengo un papel yo soy, supuestamente, diferente”.Gaby Pacheco, de 25 años, ha vivido en Estados Unidos durante los últimos 18 años, y dijo que se siente más estadounidense que ecuatoriana. “No podemos esperar que deporten más estudiantes que tienen talento y quieren contribuir”, me dijo.A Juan Rodríguez lo trajeron de Colombia cuando sólo tenía 6 años. Su familia solicitó asilo político, pero le fue negado. A la larga, su madrastra lo ayudó a conseguir una visa de residencia permanente. Es el único de su familia al que se le ha otorgado un estatus legal en EE.UU., pero sigue luchando por la causa. “Sin reforma migratoria la vida de los inmigrantes en este país se vuelve insoportable”.Todo parece indicar que no habrá ninguna reforma inmigratoria en el futuro cercano -simplemente no hay suficiente voluntad política-. Y enviar 1.200 miembros de la Guardia Nacional a la frontera, como lo hizo el presidente Obama, no resuelve nada. Está por verse si el Senado tendrá los 60 votos necesarios para siquiera considerar la propuesta del Dream Act. Pero Carlos, Felipe, Gaby y Juan no pierden la esperanza de que pronto habrá un debate genuino sobre el tema.Lo más triste de todo es que, con tan pocos líderes políticos que los apoyen, una niña de 7 años y cuatro estudiantes en edad universitaria ahora llevan sobre sus hombros el sueño de millones de inmigrantes indocumentados.

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