El guardaespaldas de Fidel

Diciembre 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Después de más de medio siglo como enemigos, Estados Unidos y Cuba dejarán de serlo. O al menos tratarán. El argumento del presidente Barack Obama es sólido: no podemos esperar resultados distintos si seguimos haciendo las mismas cosas. Y lo que quieren Obama y millones más es una isla democrática, con respeto a los derechos humanos y a la libertad de expresión.Pero hoy Cuba no es eso. Es una dictadura. Raúl y Fidel Castro son los dictadores de esa isla. Eso no ha cambiado con el reciente espectacular anuncio. Ni cambiará. Eso lo sabe bien Juan Reinaldo Sánchez, quien durante 17 años fue guardaespaldas de Fidel. Sánchez protegió al gobernante cubano de 1977 a 1994 y cuenta sus experiencias en el libro ‘La vida oculta de Fidel Castro’.“Mi familia era una familia revolucionaria”, me cuenta Sánchez en una reciente entrevista. Desde la escuela secundaria lo identificaron para formar parte de la escolta personal del gobernante cubano. “Era una de las mejores seguridades que existían en el mundo”. Nunca, me asegura, Fidel sufrió una atentado en carne propia. Ninguna amenaza “llegó al anillo (de seguridad) de nosotros”. Su fidelidad era a toda prueba. “Yo creía ciegamente en Fidel; para mí él era lo más grande, era un dios en un pedestal”, me explica. “Yo no solo estaba dispuesto a dar la vida por Fidel, sino que deseaba dar la vida por Fidel (en caso de un atentado)”. Precisamente por esa cercanía que tenía con el líder cubano, a Sánchez le tocó ver cómo Fidel se enriqueció. “Él crea toda una serie de empresas que no están supervisadas”, dijo. ¿Dónde está ese dinero de Fidel?, le pregunto. “Él tiene una parte del dinero en Cuba”, me explica, precisando que se encontraba en el Banco Nacional de Cuba. “Se le llamaba ‘reserva del comandante en jefe’, donde no solo había dinero sino también bienes, autos, camiones”. Y tenía también “cuentas cifradas fuera de Cuba”. Además, Fidel tenía muchas propiedades dentro de Cuba, incluyendo Cayo Piedra. “Fidel lo descubre en 1961”, me cuenta Sánchez. “Había una casa de visita con piscina, un delfinario, criadero de quelonios... con una exclusión de navegación de tres millas a la redonda solamente para que Fidel pesque”. Parte de la fortuna de Fidel, me explica, viene del narcotráfico. Él escucha en 1989 -gracias a los micrófonos ocultos en la oficina de Fidel- una conversación en que el entonces ministro del Interior, José Abrantes, “le rendía cuentas a Fidel sobre la droga. En ese momento a mí todo se me desbarató, se me cayó, se me derrumbó el ídolo que yo tenía. Yo pasaba más tiempo con Fidel que con mi familia”. Las cosas se le empezaron a complicar a Sánchez cuando su hermano sale en balsa a Estados Unidos y su hija consigue una visa para irse a Venezuela. Él pide su retiro de la escolta de Fidel -ya tenía la edad para jubilarse- pero la respuesta fue fulminante y termina en la cárcel en 1994. Fidel había perdido la confianza en su guardaespaldas. Sánchez me cuenta que, tras ser encarcelado dos años, hizo 11 intentos para escapar de la isla hasta que, por fin, en el 2008 pudo llegar a Estados Unidos. ¿Por qué se tardó tanto tiempo en contar su historia? “En Cuba yo no podía hablar de esto”, me dice. “Y tardé mucho tiempo en recopilar todo este material que había traído a Estados Unidos por diferentes vías”. Sánchez, como guardaespaldas de Fidel, y yo, como periodista, coincidimos durante la primera Cumbre Iberoamericana en Guadalajara, México, en 1991. Recuerdo que en un hotel me le acerqué al dictador cubano y le pregunté sobre la falta de democracia en Cuba. Antes de que pasara un minuto, sentí un golpe en el torso y terminé tirado en el piso, con Fidel y su escolta caminando sin voltear. Sánchez también recuerda ese momento: “Si ya estás muy cerca (de Fidel) y están las cámaras ahí, hay que tener mucho cuidado. Fidel era muy meticuloso con su apariencia, con las cámaras, en público. Entonces había que tener un poco de tacto. Por eso te dieron el golpe, pero te lo dieron como a escondidas”. Sánchez aprendió a golpear a escondidas. Ahora, con su libro, lo vuelve a hacer pero muy públicamente. Nadie conoce mejor a un dictador que aquel que durante años escondió sus secretos. Y él lo sabe: los dictadores no cambian, ni voluntariamente entregan el poder.

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