El día que nos cambió la vida

Septiembre 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

El primer avión contra las Torres Gemelas creí que había sido un accidente. El segundo, con un escalofrío, supe que me había equivocado y que ese día cambiaría nuestras vidas para siempre. El tercero, contra el Pentágono, pensé que se trataba de algo realmente maligno y sofisticado, y que nos tomaría años salir de esto. Y sólo hasta que supe la historia completa del cuarto avión, en que los pasajeros sacrificaron su vida para evitar que se estrellara contra el Capitolio o la Casa Blanca, es que recuperé un poquito del optimismo. Recuerdo haber pensado que este nuevo enemigo, quienquiera que fuese, podía ser derrotado. No sería fácil -y no lo ha sido.Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre pasé casi 24 horas frente a una cámara de televisión, narrando para el público las consecuencias de los horrores que todos habíamos presenciado. Y luego, tras sólo unos minutos de sueño, me subí a un auto con un equipo de la cadena Univisión y viajamos de Miami a Nueva York. Al llegar lo que más me sorprendió fue que, dos días después de los ataques, una nube de polvo y ceniza aún cubría el lugar que antes ocupó el World Trade Center. Lo recorrí sin prisa, en shock, con absoluta incredulidad.Mientras permanecía de pie en una calle cercana al punto cero, donde las Torres Gemelas se habían alzado majestuosas sobre Nueva York, me era imposible comprender cómo algo semejante pudo haber sucedido aquí, en el corazón mismo de una ciudad de la nación más poderosa del mundo? Me quedé allí, en silencio, consciente de cada respiración, a sabiendas de que estaba inhalando no sólo el polvo de los edificios colapsados, sino también los restos de muchas personas inocentes que aquí habían perecido y quedado reducidas a cenizas. Más tarde, regresé al hotel y me tiré, boca abajo, en la cama. Me quedé así, inmóvil, por varios minutos. Mi ropa, toda, se impregnó de un olor a muerte que mi nariz no pudo olvidar por varios días. Ahí supe que la tragedia en Nueva York también era mi tragedia y así sería por años. Me la respire completa. Sí, después del 11 de septiembre de 2001, todo fue diferente.Ese día cambió mi vida y, casi, terminó con ella. Meses después, Estados Unidos estaba en guerra y yo estaba reporteando desde Afganistán. En diciembre, los efectos desencadenados por los ataques terroristas me habían llevado a la región de Tora Bora, donde se afirmaba que Osama bin Laden, el que fuera líder de Al Qaeda, se encontraba cercado. Muchas imprudencias y estupideces estuvieron a punto de costarme la vida. (En determinado momento, un puñado de billetes de un dólar evitó que un seguidor de Bin Laden me reventara la cabeza con su fusil. Otros fueron menos afortunados que yo.)La guerra de Afganistán la entiendo. El Talibán albergaba al grupo terrorista que había planeado los secuestros de los aviones en Estados Unidos - y enfrentábamos la necesidad de eliminar la posibilidad de otro ataque en el futuro. Lo que nunca entenderé es la guerra de Iraq. En 2003, con el efecto de los ataques aún fresco en la memoria, erróneamente nos embarcamos en una guerra innecesaria. El Presidente George W. Bush convenció a los estadounidenses de lanzar una invasión contra Iraq basado en un razonamiento absurdo, y allá fuimos. Lamentablemente, miles de vidas se perdieron, y miles de millones de dólares se gastaron sin sentido. Recordemos con debida indignación que el líder iraquí Sadam Hussein nunca tuvo relación con los ataques del 11 de septiembre. Que, contrariamente a lo dicho por Bush, en Iraq nunca encontraron armas de destrucción masiva, y que a los inspectores de las Naciones Unidas no se les permitió siquiera terminar de buscarlas en Iraq antes de que Bush ordenara iniciar los ataques aéreos contra esa nación. Debemos recordar también que Estados Unidos disfrutó del apoyo del mundo después de septiembre del 2001. Pero Bush lo echó todo a perder. Desvirtuó la guerra contra el terrorismo al abusar y explotar ese sentimiento planetario y atacar a los iraquíes. Totalmente injustificable. A lo largo de la década pasada me he preguntado cómo podríamos hacer frente a esta realidad de guerra constante, de miedo y amenazas. Pensé que sería imposible adaptarnos – pero lo cierto es que lo hemos hecho. Mi hijo de 13 años no conoce un mundo en el que los pasajeros no tengan que pasar ante detectores de metal y de explosivos en los aeropuertos. No conoce un mundo en el que su país no esté en guerra. Incluso los vídeos que juega reflejan la realidad violenta que su generación ha heredado.No, nada fue igual después de ese día fatídico hace 10 años. ¿Cómo podría serlo? Todavía puedo ver esos aviones estrellándose en la Torres Gemelas. Puedo ver aún a esa gente desesperada lanzándose al vacío desde las ventanas de los rascacielos en llamas. Yo llevo aún dentro de mí los restos de algunos de esos muertos. Los que vivimos ese día aprendimos la lección mas dura de la existencia: nada es para siempre y todo puede cambiar en un instante. Eso ocurrió el 11 de septiembre de 2001.

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