Dos presidentes muy malos

Dos presidentes muy malos

Octubre 22, 2017 - 06:20 a.m. Por: Jorge Ramos

Tenemos dos presidentes terribles. Esa es la triste realidad de México y Estados Unidos. Justo cuando necesitábamos dos líderes capaces en uno de los momentos más difíciles de la conflictiva relación bilateral, nos cayeron Enrique Peña Nieto y Donald Trump. Podríamos decir que es mala suerte, pero la realidad es que es nuestra culpa. Trump y Peña Nieto llegaron al poder gracias al silencio de muchos. Y el silencio es complicidad.

A Trump le gusta hacer ‘bullying’ a los inmigrantes y ha hecho comentarios racistas, sexistas y xenofóbicos. Miente y ataca a la prensa cuando algo no le agrada. Además, no es un buen vecino. El mismo día que anunció sus aspiraciones presidenciales en 2015, nos llamó criminales y violadores a los inmigrantes mexicanos. Luego amenazó con llevar a cabo deportaciones masivas, con construir un muro inútil en los 3185 kilómetros de frontera con México y con terminar el Tratado de Libre Comercio, que ha generado millones de empleos en tres países.

Peña Nieto es un político encogido y temeroso que llegó a la Presidencia en medio de acusaciones de fraude por parte de su principal oponente, que no tiene fuerza moral -no le pareció que hubiera nada malo en que su esposa le comprara una casa de 7 millones de dólares a un contratista del Gobierno- a quien se le desaparecieron 43 estudiantes de Ayotzinapa hace tres años y todavía no sabe dónde están y en cuyo sexenio han asesinado a casi 88.000 mexicanos.

En ningún otro país habría durado cinco años un presidente como él. Peña Nieto ha hecho de México un país de fosas y ha fallado en su responsabilidad de proteger la vida de los mexicanos. Su gobierno podría convertirse en el más sangriento en la historia reciente de México, más sangriento incluso que el de Felipe Calderón, durante el cual fueron asesinadas 104.089 personas, de acuerdo con cifras oficiales.

Se trata de dos presidentes muy impopulares. Una encuesta del periódico Reforma realizada en julio de 2017 indica que solo uno de cada cinco mexicanos aprueba la labor de Peña Nieto (20% la aprueba y 78% la desaprueba). A Trump no le va mucho mejor. Solamente el 38% de los estadounidenses está de acuerdo con su manera de gobernar y el 54% la desaprueba, según el sitio FiveThirtyEight.

Para rematar, son dos presidentes muy vanidosos: Los dos han hecho muy poco, pero están demasiado preocupados por su imagen. Trump se la pasa tuiteando para promoverse y Peña Nieto se gastó millones de pesos antes de su quinto informe de gobierno para decirnos que “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”.

Tenemos en Trump y Peña Nieto a dos líderes que no hablan por nosotros y que les toca gobernar en el momento de mayor tensión entre ambas naciones en décadas. La desconfianza es lo que hoy marca la relación entre México y Estados Unidos. El 65% de los mexicanos tiene una opinión negativa de Estados Unidos, según una reciente encuesta del Pew Research Center, un centro de investigaciones en Washington.
En Estados Unidos ocurre un fenómeno similar. Mientras tanto, John Kelly, el jefe de gabinete de Trump, ha etiquetado a México como un “narcoestado fallido”, de acuerdo con reportes del periódico Reforma, y hace poco lo comparó con Venezuela, afirmando que al igual que este país sudamericano está al borde del “colapso,” según The New York Times.

Esta es la tormenta perfecta: dos presidentes mediocres y malqueridos, un ambiente lleno de sospechas y pocas posibilidades de que las cosas cambien a corto plazo. Peña Nieto nunca entendió que confrontar a Trump era una cuestión de dignidad nacional y que hacerlo habría salvado su último tramo en la presidencia. Solamente un nuevo presidente podrá modificar la enviciada y sumisa dinámica con Trump.

Esto me recuerda dos libros de Carlos Fuentes, cuya claridad y valentía nos hacen tanta falta. En su libro ‘El Espejo Enterrado’ dice: “Esta frontera [...] en realidad no es una frontera sino una cicatriz. ¿Se habrá cerrado para siempre? ¿O volverá a sangrar algún día?”.

La respuesta a esas preguntas está en otro de sus libros. Uno de los personajes en ‘La Frontera de Cristal’ dice: “Soñó con la frontera y la vio como una enorme herida sangrante”.

Es ahí donde estamos parados ahora mismo.

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