Cuando matan a un estadounidense

Marzo 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Ninguna muerte llega en buen momento. Pero el asesinato en México del agente estadounidense Jaime Zapata, cayó en un terrible momento político y ya afectó la tensionada agenda antidrogas con Estados Unidos. El 25 de febrero, Jaime Zapata, agente especial del Servicio Federal de Inmigración y Aduanas (ICE), fue asesinado por sicarios en una carretera en el norte de México. Él y otro agente, Víctor Ávila, estaban asignados a la oficina de Aduanas de la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México. Informes indican que ellos viajaban a la capital mexicana desde San Luis Potosí para entregar equipo a otros compañeros cuando un grupo de pistoleros persiguió su vehículo y los obligaron a salirse del camino. Los agentes fueron baleados pese a haberse identificado. Ávila resultó herido; Zapata fue asesinado. La muerte del agente ha dado más credibilidad a la suposición de que México casi ha sucumbido ante los violentos carteles de la droga que operan dentro de sus fronteras. Desafortunadamente, también llevará a más congresistas norteamericanos a pedir un control más severo de la frontera, olvidándose de la legalización de los 11 millones de inmigrantes indocumentados asentados en Estados Unidos. No todas las muertes reciben igual atención. La mayoría de las muertes por los años de violencia del narcotráfico son anónimas. Pero algunas se convierten en noticia. Y cuando esto ocurre, como la del agente Zapata, en un clima de violencia como el de México, suelen tener enormes repercusiones. La muerte en 1985 de Enrique Camarena, un agente estadounidense encubierto de la DEA, muestra cómo esto ha repercutido en el pasado. Camarena, secuestrado el 7 de febrero de 1985, fue torturado y asesinado en México. La administración Reagan, convencida de que funcionarios mexicanos corruptos estaban involucrados en el asesinato, lanzó una campaña masiva contra las organizaciones de traficantes y capturó a sospechosos en México, llevando a varios de ellos a Estados Unidos para interrogarlos. Esto tensó las relaciones entre ambos países durante varios años. Este mes, el presidente Barack Obama, personalmente, le dio sus condolencias a la familia de Zapata en Texas y advirtió que su muerte no se olvidará. Es lo que ocurre cuando matan a un estadounidense: la Casa Blanca anuncia que el Gobierno no descansará, que la presión no cederá hasta que se haga justicia. Y ya ha habido varias detenciones en México relacionadas con el caso Zapata, incluyendo la de un hombre apodado ‘Piolín’ que dice haber tirado del gatillo. No deja de sorprenderme lo rápido que ‘cantan’ los detenidos en México. Estas confesiones usualmente ocurren sin que esté presente un abogado defensor, por supuesto. Así que al parecer la muerte de Zapata no quedará impune. Pero los más de 34 mil mexicanos asesinados desde que el presidente Felipe Calderón asumió el poder en 2006 han quedado olvidados en su amplia mayoría, y sus autores siguen sin castigo. Y hay un temor creciente entre políticos estadounidenses conservadores de que la violencia en México cruce la frontera con Estados Unidos, aunque las estadísticas muestran que es poco probable. Sin duda, la muerte del agente Zapata será utilizada por ellos para justificar nuevas y más restrictivas políticas de inmigración en la frontera, so pretexto de la seguridad, un clavo más en el ataúd de la reforma migratoria. Calderón visitó la Casa Blanca el 3 de marzo. Sería temerario decir que fue llamado a Washington por Obama sólo por el asesinato del agente Zapata. Uno espera que no se hagan las cosas así, pero la premura y sorpresa con que se organizó la reunión es una señal de que la violencia del narcotráfico y la muerte de Zapata son asuntos prioritarios. Pero la reunión no resolverá las diferencias abismales entre ambas naciones acerca de cómo limitar la venta y distribución de drogas ilegales. Calderón insiste en que Estados Unidos es parcialmente culpable por la narcoviolencia. Los carteles de las drogas y el crimen organizado en México están armados con rifles de alta potencia y equipo letal comprado fácilmente en territorio estadounidense. Además, para Washington la reducción en el consumo de drogas no es prioritaria. Al menos yo no he visto un solo comercial de televisión acerca del peligro del uso de drogas desde hace años. Los estadounidenses al parecer no ven la necesidad de analizar su participación en este asunto. La violencia rampante en México es vista como un problema de los mexicanos. La muerte del agente Zapata, en lugar de marcar el inicio de una época de cooperación antidrogas entre los dos países, demuestra lo lejos que estamos de una solución conjunta y a largo plazo. En México continuarán las muertes violentas, a medida que los narcotraficantes persistan en incrementar su influencia. México seguirá poniendo los muertos y los narcos. Estados Unidos seguirá poniendo las armas y los drogadictos. La muerte del agente Zapata, desafortunadamente, no ha cambiado nada.

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