Con Obama y sin Osama

Mayo 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Barack Obama se la jugó. Si la operación para detener y matar a Osama bin Laden le hubiera salido mal, hoy estaría a un paso de perder la Presidencia. Pero en política -y en la vida- no hay hubieras, y Obama, sin Osama, está recuperando su popularidad. El mundo esperó durante casi una década la noticia de que bin Laden estaba muerto. Esto es lo que hemos aprendido: Popularidad presidencial: Con bin Laden muerto, el Presidente puede lucir de nuevo ese toque mágico que lo caracterizó durante su campaña presidencial. Obama hizo en dos años lo que George W. Bush no pudo hacer en ocho. Nadie lo podrá criticar por ser débil en asuntos de seguridad nacional. Aciertos y fallas de los medios de comunicación: El discurso televisado de Obama a la nación, transmitido casi a la medianoche del domingo 1 de mayo, para anunciar la muerte de bin Laden, fue visto por unos 56 millones de personas. Resultó el discurso presidencial más visto en una década. Irónicamente, la muerte de bin Laden, un suceso muy importante para los medios noticiosos, acabó sirviendo también como un epitafio para los periódicos impresos. Un twittero paquistaní, Sohaib Athar, fue el primero en anunciar al mundo acerca de la incursión estadounidense contra el líder de al Qaeda, y la noticia se extendió desde allí a todas partes. Los periódicos tradicionales no reaccionaron con suficiente rapidez. Las ediciones del New York Times y de El País (de España) que recibí el lunes imperdonablemente no incluían nada sobre la muerte de bin Laden. En seis horas no pudieron corregir su edición. Por eso están desapareciendo los diarios. A legalidad: Matar a bin Laden fue un acto que tuvo sólo un valor simbólico, aunque ese valor fue tremendo. La misión no fue en estricto apego a las leyes. En diciembre de 2001 yo estaba en las montañas de Tora Bora, en Afganistán, cuando las tropas de Estados Unidos tenían acorralado a bin Laden. Pero de alguna forma logró escapar; pasaron muchos años antes que los militares estadounidenses localizaran nuevamente su pista. Es muy probable que la información acerca del mensajero de bin Laden (que condujo, sin proponérselo, a los estadounidenses hasta el complejo en Abbottabad donde éste se ocultaba) fuera obtenida bajo tortura. Sabemos que después del 11 de septiembre de 2001, varios prisioneros en poder del Ejército estadounidense fueron sometidos a una ‘técnica de interrogatorio’ llamada waterboarding. Este método, autorizado por el gobierno de Bush, pero calificado como tortura por Obama después de ser elegido presidente en 2008, quizá dio las primeras pistas del paradero de bin Laden. Legal o no, la información obtenida se usó. La incursión clandestina para matar o capturar a bin Laden -79 soldados norteamericanos del Navy Seal Team 6- fue iniciada sin el conocimiento del Gobierno paquistaní. Ahí hay un patrón. En la operación ‘Rápido y Furioso’ -llevada a cabo por la Oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego en 2009- sin notificar al gobierno del presidente Felipe Calderón, agentes federales permitieron la entrada de casi 2.000 armas ilegales a México desde Estados Unidos con la intención de posteriormente seguir la pista de ellas hasta los barones del narcotráfico. Conclusión: cuando Estados Unidos considera que su seguridad nacional está en juego, no pide permiso y se salta fronteras y soberanías. Reforma inmigratoria: Más allá de los muertos en Nueva York, Washington y Pennsylvania, bin Laden nos cambió la vida a todos. Y más aún a los inmigrantes en Estados Unidos. Días antes de los ataques del 11 de septiembre del 2001 los presidente Bush y Vicente Fox se comprometieron a negociar un acuerdo migratorio entre Estados Unidos y México. Pero la tragedia de ese día terminó de golpe con el compromiso y le hizo la vida imposible a los inmigrantes. Lo que hicieron 19 terroristas extranjeros cambió la dirección del debate migratorio, generó un sentimiento de rechazo a los recién llegados, y hasta hoy en día ha evitado que se legalice a once millones de indocumentados. El temor a otro ataque terrorista se convirtió, injustamente, en una sospecha generalizada hacia los inmigrantes en general. Falta mucho por hacer, por reconstruir, por recobrar. Pero Barack Obama, con una temeraria y acertada decisión, le ha regresado a Estados Unidos esa casi infantil certeza de que la justicia, tarde o temprano, llega. Tenía razón Obama cuando dijo en la zona cero en Nueva York: “Cuando decimos que no olvidamos, hablamos en serio.”

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