Una vida rápida...

Una vida rápida...

Septiembre 24, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Humberto Cadavid Pbro

La lógica es aplastante: una vida rápida es una vida superficial. La prisa nos hace pasar por la piel de las cosas, sin posible profundización, sin entender la verdad. Ya no importa un buen resultado, sino un resultado a tiempo. Es lo que nos hace leer el periódico mientras vemos la televisión, para matar dos pájaros de un tiro, sin darnos cuenta que en realidad erramos el objetivo, porque no llegamos a ninguno de los dos y perdimos el tiempo.Pero mucho cuidado: la lentitud no tiene que ver con la ineficacia, sino con el equilibrio. La cuestión no es hacerlo todo más despacio, sino actuar con rapidez cuando tiene sentido hacerlo y ser lento cuando la lentitud es conveniente.En opinión anterior, pensaba sobre el envejecimiento y el saber llegar a esa etapa de la vida, feliz, realizado, sin sentir que es una carga odiosa; ahora pienso que nuestra generación lleva por lo menos a sus espaldas 150 años de velocidad y que se ha acelerado en los últimos 10 años. Esto iniciado con la revolución industrial y que desemboca ahora, por el momento, en el mundo de las autopistas del internet, la banda ancha, las comunicaciones múltiples, los aviones y coches supersónicos; pero también encontramos cosas tan alucinantes como el azúcar de disolución ultrarrápida, para ejecutivos que no tienen tiempo de remover su café en la mañana, o la misa drive-trough, los funerales exprés en uso en Estados Unidos que consisten en colocar el ataúd a la entrada del templo para que la gente pase y tire su flor sin parar, se despida del muerto y salga pitando.Cuando el hombre esperaba que las máquinas hubiesen hecho mucho más por ellos, y que a finales del Siglo XX el tiempo laboral se reduciría a 20 ó 25 horas semanales, hemos logrado lo contrario, pues trabajamos más de 200 horas al año que en 1970, como decía un miembro de una asociación estadounidense que convoca cada 24 de octubre el día de los relojes caídos. ¿Qué ha pasado con el tiempo que debía sobrarnos? Vivimos un mundo de la velocidad; la gente no sólo no dispone de más tiempo, sino que tiene la sensación de que no llega a nada, llega tarde, y sobretodo que no puede disfrutar de lo conseguido, porque continúa sin tener tiempo. Y el tiempo sigue siendo oro.Esta manera de pensar que hace mucho tiempo arrancó con la sabiduría religiosa y que se manifiesta en la Biblia cuando nos enseña que hay tiempo para todo, para reír y otro tiempo para llorar, tiempo para nacer y tiempo para morir, tiempo para sembrar y tiempo para cosechar y con el llamado de Jesús en el anuncio de la construcción del Reino en el cual no se puede servir al tiempo a dos señores, es lo que el periodista canadiense Carl Honoré en su libro ‘Elogio a la lentitud’, nos resume al hacernos pensar en una nueva escala de valores que podíamos resumirla en estos tres puntos: Trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Disfrutar el presente y sacar tiempo para aprovechar lo que tenemos, quitando el pie del acelerador e ir más despacio. Principios que pueden ser muy sensatos como los consejos del viejo ‘Catón’ sobre el cómo llegar feliz a la vejez al disfrutar de las artes y cultivar los valores, algo que supone perder tiempo en la era del kilobyte por segundo. Por esto es que creo que vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. Pero más allá del gran debate sobre la productividad se encuentra la pregunta más importante: ¿Para qué es la vida?

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