Gozos y esperanzas

Noviembre 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge Humberto Cadavid Pbro

Se llama Marwan y tiene tan solo cuatro años. Cruzó el domingo el desierto de la frontera de Jordania con Siria. El pequeño pone rostro y nombre a un drama diario: el de los niños sirios refugiados que huyen de su país por el infierno de la guerra de Siria; en este niño visualizamos la realidad que está viviendo el mundo de hoy en todas partes del Planeta por la insensatez del mismo hombre.“Precisamente en estos últimos años, en que el dolor y la angustia de la humanidad persisten todavía agudísimos por la realidad de la guerra o por su amenaza, la universal familia humana ha llegado a la hora de su mayor peligro en el proceso de madurez”. Ni el problema colombiano, ni el del mundo entero podrán llegar a su fin hasta que no se tome conciencia de la necesidad de construir un mundo verdaderamente más humano para todos los hombres y en todas partes, cuando la búsqueda de la paz tenga un verdadero ánimo renovado, es decir cuando al responder a los más elevados afanes y deseos del género humano brille en nuestro tiempo con nuevo fulgor el Evangelio de las bienaventuranzas.“La Paz, que no es una mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas contrarias, ni nace del dominio despótico, sino con razón y propiedad se define la obra de la justicia, es el fruto de un orden puesto en la sociedad humana por su divino fundador y encomendado a los hombres que ambicionan realizar una justicia más perfecta”.Para construir la paz, es preciso ante todo, que se desarraiguen los motivos de discordia entre los hombres y, en primer lugar, las injusticias, de las que nacen las guerras: desigualdades económicas, la ceguera política y la sordera de los políticos para oír el sufrimiento y el dolor de las gentes. El deseo del poder y la arrogancia de quienes los ostentan que llevan al desprecio de las personas; la envidia humana, la deslealtad, la soberbia, las pasiones egoístas.Hemos visto que se gasta mucho tiempo en conversaciones, que se dificulta ponerse en acuerdo con lo del otro, que hay líneas rojas que no se pueden transpasar y no podemos llegar a la paz.porque ella no se obtiene aquí en la tierra si no se garantiza el bien de las personas y si los hombres no sabemos comunicar espontáneamente y con confianza las riquezas de nuestro espíritu y los talentos que poseemos. Tenemos que tener la firme voluntar de respetar al otro, en su dignidad y aprender a tolerarlo y por qué no a amarlo, para que así la paz brote como fruto también de una fraternidad, que es capaz de dar algo más de lo que exigen los límites de la justicia.Es necesaria una urgente reeducación mental de todos, de nuestros pueblos y una nueva inspiración en la opinión pública para que se considere como un gravísimo deber formar las mentes a una nueva sensibilidad sobre la paz. Es conveniente que todos cambiemos nuestros corazones, mirando siempre el Bien Común y renovemos el compromiso con nuestros deberes, y todos nos apoyemos para que cada uno mejore y nos mejoremos todos.*Lo que está entre comillas son ideas de los Números 78 en adelante del documento ‘Gaudium et Spes’.

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