Cultura del encuentro

Mayo 15, 2017 - 12:47 a.m. Por: Jorge Humberto Cadavid Pbro

“Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro” son palabras pronunciadas en la universidad Al - Azhar en Egipto por el Papa Francisco, hace algunos días en su viaje a esta nación africana, y son aplicables hoy a todo diálogo necesario para acabar la tendencia conflictiva en las relaciones entre los hombres, y de los gobiernos con sus pueblos, pero para ello debe tener claridad en el cumplimiento de indicaciones fundamentales a saber. Decía el Papa: “El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque el que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación”.

En un mundo acelerado por la banalización de la cultura y el consumismo acérrimo, vivimos una cotidianidad apresurada, de afán. No tenemos tiempo para fijar la atención y corremos el riesgo de perder la sensibilidad. Caemos en una continua indiferencia ante los problemas de los demás, aceleramos la conversión narcisista de nuestras existencias y dejamos atrás el bien común, el de todos, para buscar nuestra satisfacción y seguridad personal. Nos dirigimos a una verdadera ceguera moral con nuestras actuaciones y pareciera imponerse como fenómeno cultural de nuestros tiempos. Así es imposible entablar un diálogo que busque la verdad con paciencia, sacrificio y en servicio solidario para la humanidad.

Al estudiar la Historia de la humanidad, Toymbee nos plantea el nacimiento y desaparición de las civilizaciones dentro de esos estados universales, donde el poder y la autoridad gobiernan a la fuerza, y el advenimiento de una religión universal le da el golpe final a la cultura antigua para que surja una nueva sociedad. Ese choque de civilizaciones, que para Samuel Huntigton es la fuente fundamental de los conflictos universales posteriores a La Guerra Fría, no tiene raíces ideológicas ni económicas, sino culturales; y su afirmación está influenciada por la tesis de Fukuyama, donde plantea que la lucha de ideologías terminaría y llegaríamos a un ‘mundo final’ basado en una democracia liberal, económica y políticamente. Ese mundo tendría un pensamiento único, donde ya no son necesarias la ideologías, y existiría entonces una verdadera sociedad sin clases.

Esta tendencia de pensamiento, que observa desde el siglo pasado el comportamiento de la humanidad, es posible relacionarla con pensamientos expuestos por el filósofo polaco Bauman, en sus textos sobre la ‘modernidad líquida’ que nos llevaría a la ceguera moral. Explica que ésta se hace evidente en la invasión de la corrupción, y sobre esto dice el papa Francisco “es la llaga putrefacta que ha invadido toda la sociedad”. Por eso debo volver a su discurso en la universidad islámica en Egipto, cuando admirando su cultura y las gestas religiosas operadas allí, decía acerca de la importancia de las alianzas para el bien común: “El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra, no puede prescindir del cielo; que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios”.

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