Camina junto a mí

Camina junto a mí

Agosto 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Humberto Cadavid Pbro

“No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina justamente junto a mí, para sencillamente, ser mi amigo”, (Albert Camus). He querido empezar con esta frase del escritor francés, porque nuestra cultura actual se ha planteado de muchas maneras un debate entre esa presencia de lo religioso en el mundo, llamemos así para entendernos, de lo humano, de lo nuestro, lo cotidiano.Es la lucha de un humanismo sin Dios, que aspira a sustituir al humanismo religioso de tal manera que este secularismo sectario que no acepta la libertad religiosa a la cual tiene derecho el ser humano, invade todos los ámbitos con el mensaje de que la religión debe desaparecer del ámbito público y quedar relegada a la sacristía y lo peor es que se presenta al creyente, o a lo religioso, como una amenaza para la sociedad. Bajo la concepción de que el Estado debe ser laico y con ello se está queriendo decir que es neutral, lo lleva a afirmar que así es como se logra la verdadera libertad, conlleva en su interior la afirmación de quien cree entonces no es libre y por esto se rechaza la religión, que al hacerlo, deja lo fundamental de su afirmación que es la neutralidad, y por ende las consecuencias de hacerlo.Cuando uno se detiene a pensar en una de tantas verdades que vivimos los colombianos, como la política y los políticos nuestros y como decía en anterior columna, pensar que la democracia es dejar nuestras decisiones importantes en la voluntad de ellos, no puedo dejar de recordar el viejo tango de Enrique Santos Discépolo, por allá en los años de 1935: ‘Cambalache’, cuando el recuento de los presidentes del Congreso que han parado en la cárcel ya son más de tres y los senadores y representantes: muchos, entonces se me repiten una y otra vez la letra del tango: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor… todo es igual; nada es mejor…. Los inmorales nos han igualao… Qué falta de respeto, que atropello a la razón; cualquiera es un Señor, cualquiera es un ladrón…”.Que bella anécdota recibí un día de un abogado que me decía hablando del respeto por el otro en cualquier profesión; que él había aprendido de su padre, que les obligaba a ir a misa todos los domingos y que al interrogarle éste cuando fue mayor, por qué lo hacía, él le respondió: “Es necesario que ustedes practiquen una religión puesto que ella le enseña a creer en Dios y quien aprende a creer en Dios respeta a los hombres”.Aquella frase aparecida hace unos pocos años en los autobuses londinenses: “Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida”, resume esa tendencia actual de querer hacer desaparecer el creer en Dios, puesto que implica una moral y para hacer el hombre lo que quiere, necesita cobrar la libertad con la ausencia o muerte de Dios y ese es el punto esencial: ¿Qué nos queda después de haber vivido? La inmanencia o la trascendencia son las dos posibles respuestas a esta pregunta, hay que elegir entre el más acá o el más allá, entre la nada o la infinitud, dos abismos sin fondo ambos estremecedores; pero no hay más alternativas posibles y es aquí donde los caminos de unos y de otros se separan.Retomo las palabras de Camus, camina junto a mí, para sencillamente ser mi amigo y repetir entonces con Michel Quoist: “Estar ahí ante Ti, Señor, eso es todo. Cerrar los ojos de mi cuerpo y de mi alma y permanecer quieto y en silencio para abrirme a Ti. Que estás ahí abierto hacia mí. Estar simplemente para encontrarte sin obstáculos en el silencio de la fe”.

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