Yeims

Yeims

Julio 07, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Cuando se acababa la mañana del 5 de junio, la periodista de una cadena radial leyó una noticia que la memoria de mi teléfono recuerda así: un estudio acaba de revelar los nombres más comunes en distintas partes del mundo. En Colombia, uno de ellos es Santiago. En Venezuela, Sebastián. En Estados Unidos, Ethan. Pero allá mismo, en Texas, uno de los más comunes es José, comentaba ella en tono de alegre sorpresa mientras hablaba de la imparable influencia latina en el país más global del globo. Desde hace tiempo pues, algunos de los nuevos Josés que habitan el mundo traen en su etiqueta genética el letrerito de Made in USA.Hacia abajo en el mapa, Estados Unidos no solo limita con México. Porque aunque levante muros más altos en la frontera, sus vecinos somos todos nosotros, los que no nacimos hablando inglés. Y al sur nosotros nos llamamos así: Carmen, Rocío, Diego, Edson, Leonel, Jesús, María, José. Pero también nos llamamos como se han llamado ellos. Nos llamamos Cindy, Yuli, Leidy, Washington, John-Fitzerald, Ronaldrigan, Elvis, Miaicol, Yeims.Algunos de esos nombres adoptados, seguramente estuvieron inspirados en el heroísmo que antes todos veíamos alumbrando al norte. Reflejos de aquel sueño americano elevado en rascacielos que desde el cine ofrecían una galaxia repleta de oportunidades para todos. Hace diez o quince años, hace veinte, ¿quién no escuchó hablar de alguien que se iba pa mayami, los yores, para arriba, pa la USA? ¿Quién no lo pensó? Aunque hubiese sido cosa de segundos, lo que dura la vida de una burbuja de jabón, ¿ir a dar al Walt Disney gigante que se suponía era ese país, no llegó a oler a lo que a veces huele la tentación?La curiosidad olfativa de los entusiastas y de los arriesgados y de los valientes, dejó a muchos de los que tuvieron la valentía de irse viviendo en esa esquina del planeta. Tantos que hoy parece imposible encontrar a alguien que no tenga alguien allá. Si no es un familiar, un vecino. O un conocido. Un amigo. El amigo de un amigo. Un profesor. La hija de la señora del arriendo. Lucho, ¿te acordás? el que vivía aquí a la vuelta, al frente de la casa de doña Nelly. ¿En serio? No jodás.Mucha gente le debe mucho a ese país. Son muchas las personas que trabajando allá pudieron levantar a sus hijos enviando dinero para asegurarles la educación. Hay quienes han levantado familias completas. Otros se han ido a estudiar o se han ganado becas deportivas o se fueron a hacer el trabajo que allá nadie quería hacer. Todas historias ya conocidas.El asunto es que así como muchos de nosotros, los que vivimos al sur, le debemos alguna gratitud a ese país por la oportunidad que le haya podido ofrecer a alguien que conocemos o queremos, ese país también tiene una deuda con nosotros. Porque son nuestros amigos, los vecinos, el amor adolescente que escribía promesas en esquelas perfumadas, el profe que allá no es profe, el amigo de la universidad que trabaja en un hotel, Fer, el parcero del trabajo que se fue, quienes hacen mejor ese país. No solo siendo la base de su fuerza laboral, sino habitándolo. Porque aunque haya excepciones, nosotros provenimos de gente buena. Y la bondad todavía se contagia. A veces con un simple nombre.No sé si el estudio del que habló la periodista sea cierto. Yo quiero creer que sí y que eso habla del equilibrio de las cosas. Después de esta semana se me ha dado por pensar que ahora que el norte mira tanto al sur, en nueve meses Estados Unidos podría sufrir una epidemia de bautizos inspirados en los nombres y los pequeños heroísmos de nuestra gente. Quiero creer que en un tiempo, antes de que se acabe la mañana, la periodista volverá a encender el radio con voz de alegre sorpresa. Esta vez para contar de otro estudio: uno que dirá que entre los nombres más comunes de Estados Unidos figura el de James. No Yeims, como suena el del 007 o sonó el de Dean. James. Como el futbolista. El colombiano. James, con la jota pronunciada en español, ya no en inglés.

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