Vojabés

Vojabés

Marzo 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Varias veces, muchas veces, todas las veces, me ha pasado. Extrañarla tanto, añorarla tanto, recordarla tanto. Varias veces, muchas veces, todas la veces que por una y otra razón he estado lejos, en ciudades hermosas, otras no tanto, lugares amables, otros no tanto, en medio de la felicidad del reencuentro, el miedo de lo desconocido, la tristeza de la despedida, el no retorno, el último abrazo, el filo de otras lenguas, yo la he pensado. He querido, en esos mismos instantes, mientras mi cuerpo no es mío sino de esos lugares, olerla y que me huela. Saber cómo está, verla, que ella me sienta sin sentirme y que me envuelva con su aliento. Que me recorra con un soplo, que me recuerde de dónde vengo. La extraño, yo siempre la extraño.A veces, muchas veces, he querido dejarla. Decirle adiós para siempre y olvidarme de todo eso que tantas veces he detestado: que sea así, tan brava, que meta miedo como mete, que sea tan salvaje, tan sin dueño, fiera indomable. Que sea culpable de todo eso, que en su sabor yo siempre encuentre tufo a lágrimas y sangre. He detestado que sea tan fácil, que se le haya entregado a tantos, que se haya dejado hacer todo eso que le han hecho. He detestado a la fiera convertida en gato. Gato mendigando comida, aguantando patadas. Gato callejero, de bigotes retorcidos, que parece oler feo en tantas partes. Gato enrazado con perro, incapaz de sacar las uñas, arquear el lomo, morir para vivir de nuevo. Gato-perro que acosa tonto las llantas de los autos y tantas veces cae machucado.Gato-perro, cosa tan fea, cosa tan bella, cosa tan rara.Pero otras veces, muchas veces, todas las veces, he sentido que no puedo. Que no puedo dejarla. Que no puedo irme mucho tiempo. Que la necesito aunque ella no me necesite a mí. Que en ella, adentro de ella, abajo de ella, soy tan feliz como un perro corriendo detrás de un auto. Que con ella, al lado de ella, junto a ella, hay un mundo donde los gatos tienen nueve vidas y, como en los cuentos, después de una siempre hay una mejor. Siempre una mejor. No la dejo porque lo creo. No la dejo porque soy suyo. Suyo porque su propiedad se me sale cuando hablo aunque no hable, cuando bailo aunque no baile. Suyo como esa maldición genética que empuja a un perro a querer morder una llanta en movimiento. Suyo como la antipatía de un gato, que nunca podrá ser tan dócil como un perro. Suyo como los lunares extraviados en su mapa. Tan suyo como es mía la ruta para encontrarlos. Suyo como son suyas algunas de las cicatrices que mi cuerpo vive cargando.Ame lo que se ame, ámese a quien se ame, siempre parecerá haber alguien mejor para amar. Alguien más grande, alguien más seguro, alguien que a todos les guste, alguien sobre quien no haya que explicar tanto. Pero el amor, cuando es verdadero, no necesita explicarse. Y a veces tampoco necesita entenderse. Así que uno ama porque sí, con lo bueno y con lo malo. Gracias a lo uno y a pesar de lo otro. Uno ama creyendo aunque parezca mentira. Es como los unicornios, una cosa que nadie ha visto pero que todos conocemos. Una cosa que no existe, pero en la que todos creemos. El amor es un rayo, un arco iris, un gato-perro, un eclipse a prueba de científicos y cálculos matemáticos.El amor no se mide en números, el amor es un milagro.Estoy en Cartagena, ciudad hermosa, y pienso en ella, que me parece tan mamasita. Estoy aquí pero estoy allá, oliéndola sin olerla, manoseándola con mis manos distantes. Esta vez la culpa la tiene una película, Ciudad Delirio. Una película que me hace pensar en lo que llevo dentro, en lo que seré hasta cuando muera. Una película que me hace añorar todo lo que ella me ha enseñado. Cosas inútiles para algunos, pero tan bellas para mí. Cosas como que la letra J pueda servir de pegamento en palabras tan distintas como vos y sabés, para transformar una certeza en otra certeza más grande: vojabés. Vojabés que te extraño. Vojabés que te pienso. Vojabés que soy tuyo. Vojabés que sos mía. Vojabés que te amo, Cali.

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