Vendetta

Noviembre 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Huele a marihuana. No al humo quemándose en un cigarro envuelto en la funda de un pielroja, sino a marihuana creciendo en tierra húmeda de aguacero. Ocurre cada rato. Cuando el viento va y viene enrollado en el olor de unos cultivos que huelen tan cerca de la carretera como para poder estirar la mano y, en alguna curva, rozar las hojas. Mientras el carro va subiendo alcanzan a verse otros varios pequeños sembrados en el cañón del río. Para diferenciarlos entre matas de plátano y café, algunos han sido separados por lonas verdes de fique.Guardia… Guardia / Fuerza… Fuerza / Tumi vive… Escrita en tinta negra, la leyenda está ahora en un grafitti pintado en el primer muro de ladrillo visible que hay a la entrada de Toribío. Fue hecho en honor a Manuel Antonio Tumiñá, uno de los dos guardias indígenas asesinados por las Farc en las montañas de ese pueblo.Allí, uno de los líderes indígenas amenazados por la guerrilla después del juicio que condenó a los responsables del crimen con varias décadas de cárcel y una veintena de fuetazos, cuenta lo que sigue sucediendo entre los picos más escondidos de la topografía caucana. Por algunos lugares donde solo llega el infortunio, a veces la guerrilla aparece ofreciéndole al dueño de una tierra arriendo mensual por un pedazo de lo que le corresponde. Si el hombre acepta, muchas veces un indígena, tendrá que sembrar lo que le pidan. Si no, puede que lo maten. Los guardias indígenas están pendientes de cosas así. Para ellos la defensa de su territorio ancestral es un mandato de vida. “Sapo hijueputa, estoy mamado de vos”, dijo el guerrillero antes de dispararle a Tumiñá. La cara de Tumi: ojos pequeños, gorra, y bigote, también puede leerse pintada en el grafitti.A mediados de este año, en algunos lugares del Cauca, las Farc estuvieron regalando tablets con quince días de internet. Fueron regalos distribuidos entre los niños y muchachos indígenas que les dieran información sobre sus líderes. Les pedían que les contaran con quiénes se reunían o si eran cercanos al Ejército. Casi la mitad de los 8.000 hombres que hoy tiene la guerrilla, fueron reclutados cuando todavía eran niños. Los siete guerrilleros implicados en la muerte de los dos guardias, eran indígenas. Dos de ellos, menores de edad. Evitar el reclutamiento también hace parte de las funciones de un guardia. Bajando del pueblo después de las cinco de la tarde, es posible ver la marihuana alumbrando en la cordillera. Sobre los despeñaderos y filos donde crecen los cultivos, uno aquí, uno allá, luego dos más cerca, luego tres, luego ya no tan arriba, ya no tan lejos, ahora más cerca, ahí pegado a la carretera, empiezan a encenderse los bombillos luz-día que cuelgan sobre los sembrados de un cableado fino y milimétrico. De lejos, luciérnagas entre unas ramas de la manigua. De cerca, luz artificial para la marihuana creepy que en la calle vale el doble y Estados Unidos, diez veces más.Bajando del pueblo a esa hora, el pasado miércoles, fue posible ver también la verdadera razón de la muerte de Tumiñá. A Tumi no lo mataron por andar pidiendo que bajaran los pendones que en territorio indígena, la guerrilla había puesto en honor a Alfonso Cano. Ese tal vez fue el detonante pero no la razón de su muerte. “Sapo hijueputa, estoy mamado de vos”, le dijo su verdugo desde el otro lado del fusil. A Tumiñá lo mataron por fastidio. La suya no fue exactamente una muerte de guerra, sino una vendetta al estilo mafioso. A Tumiñá lo mató la mafia de esas montañas. Ese día sonó la noticia en el radio del carro: las Farc son la tercera organización terrorista más rica del mundo.

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