Tapete

Julio 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Entre las muchas historias miedosas que he escuchado alrededor de la política, una de las peores la oí suceder en esta ciudad. No sé si haya sido así exactamente, pero no puedo dejar de recordarla.La historia corrió por las calles hace algunos años. Empezó siendo un chisme y pronto llegó a sonar como una broma que bien podía repetirse en el paradero del bus o en el consultorio médico. O en el estadio. O en un almuerzo familiar: ¿Viste que el Alcalde tuvo que mandar a quitar la alfombra del despacho?¿Y eso? Pues fijate que como es ciego, dizque lo hizo para poder oír los pasos de la gente que entrara ahí.En el 2004, cuando Apolinar Salcedo llegó a la Alcaldía de Cali, ese fue uno de los primeros comentarios que empezaron a correr gradas abajo de su oficina en el CAM. Yo me acuerdo muy bien porque me pareció un cuento tétrico. En mi imaginación, cada que oía eso, no veía a un alcalde ciego pudiendo controlar la presencia de intrusos en su oficina, sino todo lo contrario. Lo que veía, cuando escuchaba la historia, era el tapete enrollado en una esquina del despacho mientras Apolinar daba tumbos de un lado a otro, meciendo su bastón al vaivén de las dudas para verificar si los pasos que sonaron en el piso en efecto salieron o dejaron a su dueño adentro, escondido a un lado de la puerta. Lo que yo veía, cada que veía eso, eran las pinganillas de sus áulicos, los chacales que vestidos de borregos se quedaban agazapados en un rincón de la oficina escuchando conversaciones que luego pudieran rentabilizar en fraudes millonarios. Al fondo, expuesta a través del ventanal, imaginaba también yo, Cali oscurecía en el horizonte.Puede que nada haya sido así, que todo tenga que ver con la ceguera de mi imaginación. Pero desde ese tiempo, cada que paso por el lugar donde se supone están los hombres que velan por los intereses de la ciudad, imagino lo que hacen cuando no los vemos. Pienso en lo que sucederá en sus despachos, bajo la tranquilidad del aire acondicionado que nosotros pagamos para que trabajen sin fatiga. ¿Alcanzarán a escuchar los gritos? ¿Alguna vez sentirán vergüenza?Es ya casi una manía irremediable y ofrezco excusas por utilizar este espacio para darle más largas. Pero esta semana yo no he podido encontrarle alivio. A un hombre que admiro, José Edwin Quintero, le pegaron dos balazos. Cusi, como le dice todo el mundo, es un líder del barrio El Vergel, que es uno de los más jodidos de esta jodida ciudad. Allí hay 17 pandillas y tantos problemas como hambre.Desde hace unos años, Cusi empezó a luchar para tratar de conjurar alguno de esos problemas. Y por eso se inventó un comedor comunitario bajo un árbol. Y con ese restaurante, la ayuda para mucha gente. Pero en medio de todos los problemas que hay en es ese barrio, uno de sus hijos terminó metido en líos que lo mandaron a la cárcel. Y a Cusi, con amenazas de muerte colgando del cuello. Resulta entonces que Cusi, que ya había tenido que cerrar el restaurante por falta de apoyo, empezó a pedir ayuda. Yo supe que estuvo tocando puertas. Varias puertas. Pero ninguna se abrió para él. Antes llegaron los disparos.Toda esta semana he pensado en la historia del tapete. De ser cierta, ahora que presumimos de estar curados del síndrome de la ceguera me gustaría saber dónde está. He llegado a imaginar que alguien, hastiado de todo ese cuento, pudo mandarlo muy lejos del CAM, lo más lejos que se le ocurriera, a otra ciudad. De pronto una como El Vergel. Y que allá, al igual que en otros tiempos, el tapete cumple su función: amortigua pasos, el sonido de algunas cosas, la caída de algunos cuerpos. La sangre no se ve. Cosas de la imaginación.

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