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Junio 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Porque aunque casi todas las panaderías sean paisas, el desayuno sigue siendo cuestión de pandebono. Porque no hay un pandebono más rico en ninguna otra parte del planeta. Por los desayunos en la Alameda, las rellenas de la negra Carolina o las empanadas de Marleny, bajando por la Octava, dos cuadras después de la galería y luego cuadra y media a la derecha. Porque hay barrios donde es posible encontrar empanadas calientes cada dos esquinas, con las puntas bien tostadas por el calor del bombillo que las alumbra en vitrinas como maravilla perpetua. Porque aquí, con una empanada o un pandebono, a uno le enciman el “alaorden miamor”. Por ese hablado tan bonito, despojado de reverencias y distancias, pero sobre todo por el acento, este acento que convierte las eses en jotas y es parsimoniosamente contagioso como un bostezo.Porque de este lado del mundo, el ague’lulo no se toma sino que se baila. Porque en vez de besos aquí se chupa piña y el que quiera andar de novio pide el cuadre. El lugar donde salir a dar una vuelta se llama borondo, las bolsas son chuspas y un platón, aguamanil. Aquí el azuzador es un pedalero y al que regañan le dan gallina. Fo es feo, chai es más feo, un amarillo es un taxi, un encarte es un cañengo, burra es cicla y cicla, bicicleta. Antes de prenderse, al que le gusta tomar, primero se entona. Al que le dio sueño se fue de foco y el hambre se calma con mecato. Esta es la tierra donde el mecato también es un verbo. En sanandresito, los zapatos son pisos y el que se puso una pinta muy brava anda montado de mecha.Por el paseo de olla a Pance. Por el río donde el vestido de baño se llama chingue. Por los recuerdos de andar persiguiendo entre la corriente algo que se fue al agua; casi siempre un zapato. Por las risas entre la gritería. Y por ese río sin fin. Por comerse una hojaldra a la orilla con los dedos arrugados de frío. Por Los Farallones al fondo, que a veces bien lejos se ven azules, cortando en zigzag el horizonte. Por ese horizonte. Y poder ir al río en bicicleta.Por estar a tres horas del mar y llevar en la sangre trazos del hábito contemplativo heredado de la gente nacida cerca del océano. Por el Pacífico que es otro mar, el mar brujo de Juan Atarraya, Petronio Álvarez y Yuri Buenaventura. Por el mar que nos ha alimentado hasta el alma y se nos sale por los pies. Así como este sol que no se enferma y trabaja horas extras. Por tantas noches donde el sol, dormido, sigue trabajando y el aire de los ventiladores llega hasta la cama en forma de arrullo. Porque aquí los aguaceros son palos de agua y cuando llueve muy duro, dicen algunas doñas, llueven hasta maridos. Por lo friolentos que somos. Porque una simple llovizna nos dé para sacar buzos, chompas, botas pantaneras y bufandas y nos antoje el antojo de chocolate con arepa. Pero si no está lloviendo, por el viento de las tardes. Por la máquina infalible de las cuatro en San Antonio, y porque sobre un pedazo de cartón la colina de la iglesia se transforma en un tobogán de pasto. Porque aquí, ir a rezar sea un parche.Por haber tenido buses tan coloridos como para que una empresa de transportes se bautizara Papagayo. Por el Papagayo ruta 4 y el Azul Plateada ruta 2. Por la voz de Pepesón jurando en el parlante ser ¡el único niche bautizado con dos toques de salsa en un manantial de sabor! Por la salsa. Porque no aquí sea solo un baile sino un estado de ánimo. Y desde hace varios años también un salvavidas. Porque aquí sea posible salvar vidas bailando. Por tener dos himnos. Qué todo el mundo te cante, qué todo el mundo te mime, dice el segundo de ellos. Por el Grupo Niche. Y por Guayacán, que le puso música al olor a caña, tabaco y brevas. Porque entre todos los clichés que como ciudad tenemos, también tenemos clichés tan bellos como estos: #DeCaliSeHablaBien.

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