Sindéresis

Enero 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Busco la sindéresis. La semana pasada desde una columna de opinión vi cuestionar la forma en que un hombre se refería a su hija. El asunto era ese, que la llamaba hija siendo ella una Jack Russell. La discusión sobre aquella paternidad se hizo pública al conocerse un correo electrónico que el padre preocupado, le mandó a alguna gente y a varios periodistas contándoles de un lío en que en que se metió ella, y él no tenía ni perra idea de cómo lidiar.Jackara, como se llama la chiquita, debió quedarse amarrada a las afueras de Alkosto mientras su papá iba a tramitar un crédito y en esas ocurrió el desastre: “…Pasado un momento de haber ingresado se presenta la situación en que un niño de cinco años quien andaba con su padre, que en un descuido permitió que su hijo se acercara demasiado a mi hija, vulnerando su espacio, hostigándole y provocando, sin intensión, un ataque defensivo, siendo mordido en su cachete y por consiguiente, remitido a cirugía plástica... En este momento mi hija se encuentra prisionera por esta situación…”, decía entre otras cosas Andrés Montoya, precisando que todo ocurrió el 2 de enero, que al niño le cogieron 10 puntos y que a Jackara, como menos, le esperaban 10 días de observación en el Centro de Zoonosis. Montoya es discapacitado y solo por esa razón, entiendo sin leer más, ella es otra de sus formas de conectarse con el mundo; por ella y con ella seguramente le han pasado y le han dejado de suceder un montón de cosas, y por ella y con ella, sin duda, él habrá hecho otras tantas para que el mundo de ambos funcionara. ¿En qué si no en eso consiste la paternidad? ¿Cuál es la forma correcta, pues, de nombrar los lazos que permite la biología del amor? ¿Qué es la sindéresis?Este sábado mi hija resbaló de la terraza. Hace cinco meses que estamos juntos mientras su mamá hace la vida en una finca en algún lugar del lejos. Es lo mejor que ha podido pasarle y todos quedamos felices porque de lo contrario ningún milagro habría ocurrido. Por ejemplo que aunque ella y yo seamos tan diferentes, su hija y yo resultáramos pareciéndonos hasta en las manías al dormir, como cuando a la hora más sonsa de las madrugadas a los dos nos levanta el hambre.Ella es feliz viendo la vida que pasa por la ventana de mi cuarto y como cree que estirándose puede agarrarla toda, lo mejor fue poner un angeo. Para el angeo, llámese a Yeyo, me recomendó mi mamá. Yeyo, un señor muy buena gente que desde siempre ha trabajado instalando vidrios, llegó a mi casa y después de tomar medidas terminamos conversando del pasado; Yeyo conoció a mi abuelo y vivió en una cuadra del barrio El Templete, por donde el viejo tuvo un accidente de tránsito que hasta ahora yo entendí como una culpa que cargó hasta la muerte. Pero no.Yo sabía que una vez hace mucho, en un cruce del barrio, mi abuelo había atropellado a una niña. Sabía que la niña había muerto. Y sabía que mi abuelo había ido a la cárcel. Cuando me di cuenta de la historia me pareció entonces que quizás él se había dedicado a ser mecánico, y se había empeñado en serlo, porque se sentía obligado a compensar su falta y arreglar carros era la mejor forma que desde sus posibilidades había encontrado. Por eso siempre pensé que murió muerto de la culpa. Pero no. Yeyo, que lo vio todo por vivir entonces ahí no más, me contó que no fue un descuido ni que fuera borracho: cuando mi abuelo hizo un pare, la nena se le cruzó por la izquierda. Salió corriendo de su casa. Nadie la vio. Nadie, dice Yeyo. Y la justicia pudo probarlo, me cuenta.Si todo hasta aquí suena a tontería inconexa, lo siento. Solo en esto pienso a la hora sonsa de la última madrugada. Pienso y veo la respuesta que me trajo el angeo, la ventana que mi hija me pidió mantener abierta, en la otra vida que eso me dejó. Hija, sí, aunque sea una gata. La madrugada es sonsa pero sin hambre y sin ella. Los dos detestamos las clínicas. Mi hija se llama Myu. Apenas se levante con una de las vidas que le quedan, estoy seguro, me la voy a comer a besos. Será cuestión de sindéresis.

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