Se habla bien

Diciembre 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

En los próximos días circulará con el periódico un especial de fin de año con un título amoroso: De Cali se habla bien. Es un recorrido por las añoranzas y los recuerdos, las nostalgias y las evocaciones de gente que ama a esta ciudad por distintas razones. Los dueños de las voces que aparecerán consignadas en el cuadernillo y en la web de El País, son en su mayoría caleños, personas que nacieron aquí, entre estas calles y bajo este sol, viendo las montañas al occidente y el olvido al oriente, Pance al sur, Yumbo al norte. Personas que genéticamente están situadas en el mapa físico y emocional que representa crecer entre esas fronteras y la que en todos lados y por las tardes a veces pone el viento que baja de la cordillera.Junto a esas voces estarán también las de algunos hombres y mujeres que desarrollaron un lazo casi sanguíneo con esta ciudad a pesar de haber nacido en otro lugar. Son también caleños. Y es muy lindo oírlos. El argentino Mario Óscar Desiderio, ídolo eterno del Cali por tantas cosas que hizo en la cancha: túneles, gambetas, ochos, enganches, tacos, sombreros, tanta dicha para la tribuna, dice que desde el 67 cuando llegó de Chile, solo una vez ha querido irse. Fue después del debut.Era un partido amistoso contra Cerro Porteño y él, que venía de ser figura con Estudiantes de la Plata, la Roma de Italia y el O’Higgins chileno, se sintió confiado para patear un penalti por lo que le pidió el balón a Hiroldo, que era el designado para cobrar. “Creo que le pegué a una valla de Águila Roja que estaba atrás…”, recuerda todavía con pena, al hablar de la forma en que erró el tiro y del momento en que al regresar al hotel, esa tarde, pensó en irse. “Pero fue la última vez, ya a los dos partidos en el Pascual la gente me quería, me quiso siempre, ustedes me han dado tanto, tanto. Llevo 48 años acá y acá conocí a mi esposa, tuve mi hijo, mi nieto, sigo trabajando en el fútbol y cuando voy por la calle la gente todavía me detiene para saludar y yo me digo: ¿A esta altura del campeonato? Doy gracias a Dios por haberme traído a esta bella tierra”.Eric Van del Hove, cónsul de Bélgica en Cali desde el 2006, contaba a las cuatro de la tarde del miércoles de la semana pasada que a esa misma hora, en Bruselas, ya no había sol. Y que por eso allá donde él nació, tan al norte del mundo, esta es una época muy triste. Cuando terminó el bachillerato, Eric llegó a vivir con sus papás a la isla de Providencia y más o menos seis años después llegó a Cali. Y no se fue más; las cenizas de su padre están enterradas en Los Farallones. Estudió derecho en la Universidad Santiago de Cali y este año recibió la nacionalidad colombiana. “A mí me preguntan de dónde soy y siempre pienso lo mismo, ¿de dónde es uno? ¿De donde están los sueños? ¿De donde están la familia y los amigos? ¿Uno es de donde tiene una casa?” “A mí me gusta mucho la gente de esta ciudad. En una ciudad donde sale mucho el sol la gente es distinta, siempre está alegre”.Fernando Valverde, barranquillero de suero y cucayo que dejó el mar atrás por perseguir una caleña y es el fundador del restaurante Tajamares, tiene en su olfato uno de los recuerdos más bellos que yo haya escuchado de esta ciudad: Cali le huele a “jazmín de noche”. Él dice que es así, que a eso huele, lo que pasa es que la gente no lo ve. Yo le creo. No nos damos cuenta: olvidamos, dejamos de ver y de oler y de escuchar y de probar y de agradecer. De festejar el sol y el viento. No somos Europa, nunca lo hemos anhelado; no estamos bien en muchos sentidos, tenemos esquinas pavorosas, la mitad en la sombra, miles de chicos perdidos. Pero también somos todo lo demás. Lo que olvidamos. Lo que no vemos. El jazmín de noche. ¿Por qué no decirlo con la misma entonación? #YoHabloBienDeCali.

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