Salchichón

Salchichón

Agosto 20, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Pipico se llama Éver Evangelista Cabezas Barreiro. Modelo 50. Creció en el barrio Villanueva y el apodo se lo puso la gallada de la cuadra, que simplemente repetía lo que él repetía cuando andaba con la obsesión juvenil del fútbol: ¡Ese Pipico juega mucho! ¿Vos has visto a Pipico? ¡Pipico es mucho jugador! ¿Ve, vos has visto a Pipico? Todo ese escándalo era por su ídolo, Wilson Dos Santos Barata, un malabarista brasilero que sacó campeón al Unión Magdalena en 1968, ganándole la final al Cali con aquel sobrenombre encima. Y como Éver nació siendo tan americano, entonces la chapa se le ajustó a la talla y un día fue suya para siempre.

Pipico también quiso ser jugador y estuvo yendo al América cuando ‘La Mechita’ entrenaba en la cancha de Horizonte y su figura era Norman Emilio ‘El Barby’ Ortiz. Tenía 15 años y ya había tomado la decisión de dejar la escuela para intentarlo con el fútbol. Segundo entre once hermanos. Win izquierdo. Pero el fútbol no lo hizo esperar mucho para darle la respuesta: dejá la pelota y rebuscátela en otra parte. ¿Por qué no en las ventas vos que sos puro carisma? Pipico se dedicó pues a vender perritos calientes con gaseosa en el estadio. Y de ahí pasó al salchichón. Un día se le ocurrió llevar unas tiras viendo que a mucha gente no le alcanzaba para una comida rápida completa y desde entonces su idea fue sensación en la grada. Salchichón cortado a la medida del deseo, el hambre, o del bolsillo del comensal, espolvoreado con gotas de limón, y generalmente a cambio de unas monedas. Doscientos o quinientos pesos bastaban para la felicidad en ese tiempo. Pero si tenía cien, Pipico le vendía cien pesos de salchichón. Hubo un tiempo en que se le dio por pintar los limones de rojo y cuando le preguntaban por el absurdo, él contestaba con la simpleza: ¡aquí hasta los limones son americanos!

Se hizo personaje cada domingo, cada miércoles, cada día de partido en el Pascual. Porque la leyenda es cierta y también iba a los partidos del Cali. Y los hinchas del Cali también le compraban salchichón y le celebraban sus ocurrencias: ¡Salchichóooon de gaaaaaatoooo!, le gritaban a veces en broma; ante lo que Pipico respondía con otra broma: ¡¿De gato?, sí, pero vacunaaaaaado, pero vacunaaaaado..! La gradería entonces reía del disparate. A veces incluso, olvidándose de lo que ocurría en la cancha. Llegó a ser tan personaje Pipico, tan reconocido entre toda la escenografía del fútbol de esta ciudad, que cuando su hija Aracelly cumplió 15 años ‘El Palomo’ Usuriaga se apareció en su fiesta vistiendo camisa negra y pantalón champaña.

Eran otros tiempos, dice Pipico, ahora que lleva varios años sin ir al estadio. Su hijo Diego cuenta que la última vez tuvo un lío con la inspección de salubridad de sus productos: cambio de proveedor y el salchichón no pasó la prueba; entonces se enojó mucho, alegó, y le pidieron que no volviera. Y no volvió. Fue poco después de la remodelación del Pascual. Y también están las demás facturas que le va cobrando la vida al cuerpo. Pipico vive en el Doce de Octubre y tiene recuerdos extraviados que a veces regresan entre la conversación. Viste una sudadera del América de otro tiempo. E insiste en que quiere volver al estadio. Pobre Pipico. O afortunado. Todavía no sabe que allá, ni los miércoles ni los domingos, queda nada para ver.

(Lea el resto de la historia de Pipico en ‘La Pasión de un Pueblo’, el libro del América que circula con Q’hubo)

VER COMENTARIOS
Columnistas