Referencia

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Marzo 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

En la calle al hambre se le dice filo porque cuando pasan los días y se acomoda muy dentro es una cuchillada que rompe y que corta. Y también se le dice filo porque con los días el hambre es eso, la hoja de una navaja donde muchos tienen que pararse a hacer equilibrio para no dejarse caer. Mandar a dormir temprano a un hijo para que no recuerde que por la noche también se come, podría ser razón suficiente para que un padre cayera. Razón suficiente para que saliera a hacer cualquier cosa, venderle el alma al diablo con tal de aliviar el dolor del niño. O de los niños, cuando hubo más. Y de la mujer, que también existe.A veces yo me he descubierto hablando de este hombre que no cae. Contándole a personas a las que yo quiero mucho, de ese hombre al que yo también quiero mucho. Porque cada que por una u otra razón puedo verlo, él me recuerda de qué esta hecha la mejor consistencia de la condición humana.Este hombre del que hablo vive en El Vergel, un barrio al oriente de Cali donde viven cinco mil personas. Barrio de calles angostas, con tiendas que bien temprano venden hojaldritas a 200, arepas a 500, con dos lucas el desayuno incluye huevo. Un barrio sin canchas ni parques donde el fútbol, entonces, sucede en la calle y dos piedras son un arco y el andén también juega. Un barrio donde la salsa estalla en el parlante de cualquier casa y sin avisarle a nadie se prende una rumbita donde los niños bailan al tiempo. Porque allí los niños primero bailan y luego caminan. Y mientras, juegan fútbol, que lo aprenden a jugar como nadie de tanto gambetear motociclistas a los que les importa un bledo llevárselos por delante. Porque a veces eso es todo a lo que puede aspirar un niño de por ahí: dedicarse a patear un balón para salvarse de caer aplastado bajo las llantas de una moto. Porque en El Vergel hay 16 pandillas y decenas de calles donde los niños caen muertos. 16 pandillas con muchachitos en moto, empuñando armas hechizas, sobrevivientes de un olvido que empezó a recordarlos mucho antes de que ellos nacieran.El hombre del que hablo, un día hace ya mucho, cayó y fue pandillero. Pero hace mucho también se levantó y dejó atrás cualquier idea filosa. Con el tiempo se convirtió en mediador entre pandillas y hace un par de años ayudó para que un puñado firmara un pacto que por varios meses llevó paz al barrio. Luego, bajo un árbol, montó un comedor comunitario y por mil pesos o lo que se pudiera, empezó a servir platos de sopa, lentejas, ensalada, los viernes fríjoles y arroz. Pero como el humo de su fogón, que funcionaba con leña, se empezó a meter al salón de un colegio, este año los almuerzos ya no pudieron servirse más. La vida es una paradoja con lunares que se heredan: uno de los hijos de este hombre, un muchachito muy parecido a varios de los muchachitos que se alimentaban del comedor bajo el árbol, cayó hace poco. Dos semanas atrás, disparando en un enfrentamiento entre bandas, mató a un niño de 6 años que estaba en la calle. El hombre del que hablo, tuvo que entregar a su hijo a la Policía.Este hombre pide que no mencione su nombre y yo no lo hago en honor a la admiración que le tengo. Pero escribir sobre él es mi obligación por eso mismo. Porque yo creo que este es un hombre bueno. Y que merece una oportunidad. Este hombre busca un trabajo y yo escribo para que de manera pública quede constancia, a quien pueda interesar, que lo conozco y estoy seguro de que pueden confiar en él. Si usted ve esto en una hoja de vida, señor empleador, ese hombre que tiene al frente es el mismo del que aquí hablo. Si usted, por el contrario, no tiene este hombre al frente y sí un trabajo para él, escríbame a el correo que aquí dejo. Él y yo, y un pocotón de muchachitos parados sobre el filo de una navaja, vamos a quedar muy agradecidos. jerojas@elpais.com.co

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