Ras tas tas

Ras tas tas

Julio 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Entre las muy bellas formas que tenemos para celebrar la felicidad, nos quedan unas muy raras: el grito que algunos son capaces de entonar en el entusiasmo de un concierto o en el vértigo de la montaña rusa, es un ejemplo que siempre termina en ¡¡¡wuuuuuuuuu!!! La pólvora en diciembre, salir a pitar en el carro. Lanzar harina, un pastel en la cara, guerra de bombas de agua. El japiverdy-tuyu puede incluir un panal de huevos en la cabeza del homenajeado.Entre las rarezas festivas existentes, sin embargo, hay una distinta a todas por ser la más bella entre todas las demás: bailar. Pero bailar no es rareza como las otras, las que vienen acompañadas de pitos y harina, todo aquel estruendo pegajoso. Bailar es rareza por otra cosa. Bailar depende del ritmo y de la música, depende entonces del arte y del alma. Y como el alma, bailar sigue siendo un feliz misterio indescifrable.Al menos en esta orilla del sur, nunca nadie podrá explicar desde la ciencia por qué bailamos como bailamos. Porque aquí no es como en otras partes, donde son necesarios profesores para aprender a coordinar cadera, pies, hombros, manos y oído. Aquí bailamos desde que respiramos. Y puede que suene a cliché de postal turística, pero es cierto y sucede así, con la infalible puntería de un mandato genético: nosotros llevamos el baile incrustado en la vida.No importa lo que las casillas sociales o el carácter que tengamos digan, todos bailamos: los hipster y los metaleros, los geeks y los punketos, los gordos, los flacos, las rubias, los barbudos, los pensionados, los enfermos, todos lo hacemos. De una u otra forma alguna vez ocurre. Si no fue en la niñez escolar, será en la fiesta de la empresa. Y si no es allí, pasará al mediodía en la cocina mientras hierve el almuerzo. O de pronto ocurrió hace mucho: para los mayores en un aguelulo; los que estén entre 40 y 50, una fiesta; los que vayan entre 30 y 40 pueden tener recuerdos bailables dando vueltas en una minitk. Aquí hasta el tronco baila y si no lo hace habrá visto a la mamá y a la tía, al abuelo y al papá, festejando a ritmo de boleros y pasodobles alguna navidad con olor a torta de maduro y al mugre de la pólvora que en serpentinas de humo bajaba desde el cielo. Así que de esa manera, a través de sus querencias, el que no baila también habrá bailado. Aquí se baila en los semáforos. Aquí se vive bailando.Se baila para decir que se quiere. Para festejar los 15 de la niña, el grado, un ascenso, se acabó el año, es semana-santa, qué viva América, tres años en la B, no me toquen ese vals porque me matan. Bailamos para celebrar la vida, para liberar el espíritu, porque lo vemos en la calle, porque lo llevamos en la sangre, porque el baile es la más bella rareza: como los disparos y los puños, la violencia es arrítmica; y aunque no faltan las almas sordas, bailando no se pelea, bailando no se mata.Esa es otra de las cosas que hay que agradecerles a estos muchachos de la Selección Colombia. Que ya no solo en la cancha, sino que por ahí, por cualquier parte, vayan siempre bailando, siempre dando ese ejemplo. Haciéndonos hablar de esto, construyendo una nueva memoria al ritmo del Ras tas tas y dejando en el olvido aquella otra, el tiempo en que la alegría también sonaba a tas tas tas.

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