Puntuación

Abril 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

El primer libro del que se acuerda es El Quinteto de Cambridge, novela que recrea una velada imaginaria entre cinco de los científicos más importantes del siglo veinte. A los 17 años, esa fue la inspiración para escribir su propia novela, La Reunión Temporal, que narraba el encuentro de unos escritores que -si no estoy mal- solo habrían podido coincidir en el anhelo de otro escritor. Este escritor se llama Gustavo Andrés Gutiérrez y ahora tiene 28 años. Cuando escribió su novela, recién había terminado el colegio y en su casa tenía montado un puesto de chance; como en la familia no había dinero para la universidad, ese negocio le resultaba más o menos conveniente porque él ya estaba decidido a ser escritor: así que mientras esperaba a los apostadores se iba a dedicar a escribir. Y escribiendo su deseo se fue haciendo oficio.Antes de terminar el bachillerato, la vida ya se le ha había declarado: una vez su curso se quedó sin profesor de matemática, química y filosofía y a diferencia de la felicidad de sus compañeros, que festejó la ausencia del maestro con interminables partidas de naipes, su alegría fue tener tiempo para irse a leer a la biblioteca. Y así, mientras los demás buscaban la fortuna en el azar de una baraja, él encontraba en los libros la certeza que definió su lugar en este mundo. Gustavo creció en Petecuy, un barrio bravo del oriente de Cali que por un lado limita con el río Cauca y por otro lado con la negligencia de uno tras otro gobierno. Lugar de gente muy buena, bella, pero también de fronteras invisibles, pandillas y balas perdidas que han sido el prematuro punto final de incontables historias. La mayoría, de personas que nada tenían que ver con el tiroteo. Punto final de niños y niños.Hace diez años, cuando en un invierno el río había sacado de sus casas a los habitantes del jarillón del Cauca y los niños damnificados por la inundación se refugiaban en la sede comunal del barrio, Gustavo empezó a leerles en voz alta. La primera vez fue la historia de un elefante en la playa. Luego de 15 días de lecturas y que todo afuera se pusiera en calma, fueron los niños quienes empezaron a buscarlo para que les leyera.Para poder hacerlo, Gustavo entró primero a la invasión de Cinta Larga y repartiendo unos libros entre los encargados de los niños, fue explicando a través de una jornada de lectura, ahí mismo, que lo único que pretendía era que sus hijos pudieran asomarse al mundo que los espera del otro lado del río. Desde que le dijeron que sí, Gustavo pues les ha estado leyendo devotamente: en las esquinas, bajo un árbol, en un andén, en la cancha de microfútbol. Y así los libros han sido escudo contra los puntos finales antes de tiempo. Algunos de esos niños, primero oyentes, después lectores y luego escritores, literalmente han sido rescatados por las historias. Viendo uno de sus relatos, por ejemplo, Gustavo pudo evitar que una niña terminara dentro de la casa de un tendero que cada que la veía le ofrecía plata para que se metiera con él. Jugando con las palabras, cuenta Gustavo, un día nació el término Biblioghetto como un resumen de su intención, que al ver la reacción de los niños fue servirles como el eje de una biblioteca móvil en un lugar donde a nadie le ha importado construir una. Y desde ese invierno hasta ahora Biblioghetto lleva funcionando y organizando talleres de escritura que se han convertido en libros fantásticos que han salvado vidas. Este sábado, Biblioghetto debe participar en un foro sobre la lectura como resistencia civil. Es una invitación de la Feria del Libro de Bogotá. Pero el presupuesto de la biblioteca móvil es igual al que tenía el vendedor de chance. Un hombre que ocupa un cargo público en Cali, y de quien omito el nombre a la espera de su buena fe, prometió para mañana responder algo sobre los tiquetes para que puedan estar en la Filbo. Ojalá sea un hombre de buena puntuación. Mejor que la de la respuesta de la editorial donde Gustavo envió su novela: no es comercial.

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