Pulpo con A

Pulpo con A

Septiembre 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Olviden: el aguante de la gente y los tres años y medio en ese abominable lugar donde el día más bonito, el día del fútbol, es el día más feo de la semana. Olvídense de los lunes. Olviden lo que ven en la calle cuando las camisetas con las que ustedes salen a trabajar, cualquier día y a cualquier hora, se repiten en los cuerpos de transeúntes, conductores, taxistas, estudiantes, amas de casa, niños, señoras, señores, muchachos, peladitas, motociclistas, dueños de carro y noviecitos enamorados que llevan el rojo en el vestido como una cédula de ciudadanía que les confiere el derecho a pertenecer a un lugar y ser dueños de algo que nadie nunca podrá arrebatarles. Porque nadie podrá quitarle a otro el color del equipo que su corazón decidió elegir. Olviden el orgullo palpitante de los hinchas, que representado en esas camisetas va sobrepuesto una y otra vez a promesas incumplidas y el desvanecimiento de ídolos de barro. Olviden aquella clase de amor a la que ustedes han estado condenados, ese amor que ha sido terco como diablo.Olviden la historia. Primero la primera, la que cuenta porque el equipo representa la pasión de un pueblo. Olviden a los primeros, los que jugaban después de terminar jornada en las bodegas del ferrocarril y se ponían de cortos aún con las manos engrasadas de trabajo honesto. Olviden a los que jugaron por amor. Porque no había nada que más amaran en su verraco mundo. Olviden a esos porque, igual, de esos tampoco quedan. Olviden que fuimos pequeños. Muy pequeños. Y olviden otro número en el tiempo: 1979. Aquel 79.Olviden luego la segunda historia. La que cuenta la forma en que el equipo se convirtió en una cochinísima lavadora de dinero de los hermanos Rodríguez Orejuela. Olviden la forma en que la lavadora de los traquetos también limpió la conciencia de una fila de directivos, periodistas y jugadores. Olviden las anécdotas de ese tiempo: una famosa que refleja los excesos de la época ocurrió cuando se interesaron en un central argentino de la selección y el gerente del equipo viajó a Buenos Aires para tratar de negociar su traspaso; inicialmente el jugador se negó. A los pocos días la mamá del jugador lo llama y le pide que la visite porque tuvo un sueño que le clarifica su futuro. Cuando el muchacho va a ver a la vieja, ella le dice: ¡hijo, hijo!, ¡soñé que tu futuro está en Cali, Colombia!.. Bajo la almohada, el sueño de la madre había estado abonado por un fajo de dólares que le enviaron para que ayudara a tomar la decisión correcta a su pibe. Sucedió a mediados de los 90. Olvídenlo. Porque es una vergüenza.Olviden. Los títulos. Las finales. Las remontadas épicas. La historia que en hilos invisibles va atada a cada estrella del escudo. Lo que significa llevar un diablo con el trinchete empuñado junto al corazón. Olvídense de la gente en la tribuna, alentándolos en cada lugar donde la suerte decide que jueguen. Olvídense de esas caras que no fallan. Bajo el frío y la lluvia. Bajo el calor infernal. Olvídense de los sacrificios que hacen para llegar. Olviden las sonrisas de la gente cuando los ve. Olvídense de los trapos. Los trapos más lindos. Y de los cantos. Olviden el temblor cuando en Sur mandan: ¡¡¡Movéte, rojo movéte!!!..Olvídenlo todo. Finalmente, el músculo del olvido es el que mejor han entrenado en estos últimos tres años y medio. Así que bien pueden seguir haciéndolo. Seguir olvidando. Seguir pasando por alto lo que representa y lo que ya no es, el equipo del que hacen parte. Pero ahora tienen una razón adicional que los obliga a recuperar la memoria. Ustedes saben cómo se llama y repetir su nombre está de más. Él se encuentra en una cama pero no será por mucho tiempo. Ustedes lo saben. Salgan sabiéndolo hoy a la cancha. Ustedes, más que los médicos, pueden ayudarlo a levantar: devuelvan el equipo al lugar donde merece atajar ese pulpo. Su nombre comienza con A. Eso no lo olviden. No olviden más.

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