Primavera

Agosto 11, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

La vida podría tener estaciones que se reflejan en las palabras. Siguiendo la ruta del cliché, si el frío es desastre y el calor alivio, en el adiós invernal las palabras son cubos de hielo que se deshacen en el piso de la cocina. En el verano del amor alguien podría suponerlas regordetas y blanditas como dos cachetes sonrojados, o resbaladizas, saladas y tibias, como una gota de sudor. Quién sabe. A mí me parece que cada que la vida se detiene en una estación de esas, en algún momento las palabras siempre salen raras y se complican porque no alcanzan a decir todo lo otro que deberían llevar enredado. Los abrazos, por ejemplo. ¿No queda faltando siempre un abrazo después de decir te quiero? ¿O uno antes de decir adiós? ¿Uno durante, entre, hasta, mediante, para, por, salvo, según, sin, sobre y tras?En el clima de las suposiciones, hoy el pronóstico del día podría hablar de primavera. Decir eso. Es una estación de hojas y palabras nacientes. Como gracias. Y eso es lo que intento decir. Está aquí escrito, como un mensaje disimulado entre todo este invento para que lo puedan leer quienes espero lo lean sin que queden expuestos. La justificación de la imprudencia es que fue por aquí por donde ellos se enteraron de la vida de un hombre invisible y decidieron hacer algo por ayudarlo. Así que es aquí donde me parece debe estar dicho esto que hoy les corresponde.Para quienes han llegado a este punto sin entender de que se trata pero con la esperanza de encontrar un final feliz más abajo, tal vez. Tiene que ver con una historia repetida que a veces parece denuncia, otra una nostalgia, otra un cuento, otra un enredo de palabras, y que es eso y otras muchas cosas que representan la absurda persistencia de un hombre por ser bueno. Es la historia de José Edwin Quintero, el hombre del barrio El Vergel que después de dejar atrás una vida de miedo, se dedicó a tratar de cambiar algo de lo que a él mismo lo había asustado cuando llegaba a la casa después del rebusque, siendo un niño en chanclas, y la barriga le sonaba revuelta del hambre en la oscuridad de la noche. Es la historia del restaurante comunitario que montó en un barrio donde lo más visible es el estruendo de las balas disparadas por las 17 pandillas que se supone hay. Nadie Sabe. Los Piolos dizque se agarraron y salió otro combo. Nadie sabe. Hoy podrían ser 20 o 25. O más. O ninguna. Nadie puede saberlo porque a casi nadie le importa y casi nadie parece entender esa ciudad que se levanta en ese otro mundo donde siempre hay estaciones: breve, leve, caliente y recaliente, parce.Es la historia de los hijos de ese hombre enredados en pandillas y la historia de uno de ellos que en un enfrentamiento de balas perdidas, al parecer, mata a otro niño. Es la historia de ese padre, José Edwin, líder del desarme de pandillas en el oriente de Cali, entregando su chinga a la policía para que no lo linchen en el barrio. Es la historia de las amenazas contra su familia, los dos balazos que le metieron cuando evitó que mataran a su hijo mayor hace ya casi un mes, uno en el cuello, los ocho días en la clínica, la cicatriz en la garganta, el absceso y la vuelta al barrio a pesar de las amenazas. La historia de la invisibilidad. Las palabras deshaciéndose como cubos de hielo.Pero hoy es primavera y las palabras deben ser nuevas en toda esta historia porque esta vez son de agradecimiento para quienes en los últimos días se acordaron de ver. Y vieron. Y preguntaron y se preocuparon y ofrecieron su ayuda. Y para quienes le enviaron algunas de las cosas que le urgen, aún más. En serio, gracias por ver, por recordármelo a mí y recordarle a la gente que aunque parezca no estamos perdidos. La oportunidad de haber presenciado todos estos gestos de humanidad alrededor de la historia de un hombre que casi nadie ve es una de las cosas más bellas que me ha permitido este oficio y ese es para mí un pequeño final feliz en esta historia que no tiene final porque ese hombre sigue amenazado. Pero hoy no es día de acusaciones. Hoy es día de palabras que no alcanzan a enredar los abrazos. Primavera. Suena cursi, sí, pero ahora me gusta más esa temperatura tonta y empalagosa en el aire que la breve, leve, caliente y recaliente, parce.

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