Post-it

Septiembre 21, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Si nada cambia, mañana en la tarde un amigo empezará a tatuarse el retrato de sus padres en la cara interna de los antebrazos. La decisión para hacerlo en ese lugar, la tomó después de escuchar la recomendación de Italo Esquivel, que durante horas se encargará del trabajo, convirtiendo las imágenes de dos fotos antiguas en parte de su cuerpo.Tatuarse nunca es una decisión que pueda tomarse a la ligera; no es como escoger en dónde cortarse el pelo. Y menos después de los cuarenta años. Inicialmente mi amigo había pensado en una composición donde los rostros de sus viejos pudieran unirse, quizás, entre alas de ángel sobre uno de sus hombros. Pero Italo le explicó todo: los inconvenientes estéticos del diseño y sobre todo las posibilidades de que al estar situado encima de un músculo redondo, las caras se deformaran un poco con el movimiento. Uno de los mejores sitios para tatuar un retrato, le dijo, son los antebrazos. Así que allí será.Italo es un diseñador gráfico graduado de Bellas Artes que estudió esa carrera buscando herramientas adicionales para que al artista que realmente le movía toda su naturaleza pudiera ganarse la vida. En las paredes de su estudio, sobre la Avenida Guadalupe, cuelgan varios cuadros pintados al óleo donde la técnica de la que es dueño queda en evidencia inocultable. Como en la sala de espera queda últimamente casi siempre en evidencia la forma en que su trabajo ha ido ganando seguidores: luego de haber tatuado muchas naranjas en sus tiempos de aprendiz, durante los dos últimos años se ha transformado en uno de los tatuadores más buscados en Cali. Por estos días, por ejemplo, su agenda de citas solo tiene espacios en blanco hasta octubre.Contrariando los convencionalismos, el tatuador no tiene tatuajes. Trabaja junto a su esposa, Yica, que también tatúa y fue su aprendiz. Es alto y moreno, regularmente vestido con tenis de basquetbolista. En el local que tiene arrendado hizo adecuaciones recientes: dividió mejor las estaciones de trabajo, instaló pisos imitación madera, color frío en las paredes, un muro de agua al fondo. Todo, dice, buscando que la experiencia de sus clientes sea lo más tranquila posible. Si bien puede suceder que mientras esté en marcha un tatuaje, la banda sonora aparezca encabezada en los parlantes por una canción de Snoop Dog, también pueden llegar a sonar los éxitos de Juan Gabriel, encadenados en potpurrí por alguna emisora.Es lo mismo que podría ocurrir en el despacho de un abogado o en la oficina de un arquitecto. O en el consultorio de un médico que trabaja con música. Porque el de los tatuajes no es desde ninguna perspectiva un universo de oscuridad y gatos sacrificados bajo ritos diabólicos. Aquella imagen desdibujada aun a estas alturas, solo puede provenir de la estrechez mental de quienes sufren el verdadero mal de las marcas, que la mayoría de veces no radica en llevarlas sino en señalarlas y, a partir de ahí, criticarlas, enjuiciarlas, difamarlas.Nadie sabe todavía de dónde salió la manía del hombre por escribirse y hacerse dibujos en la piel. Hace un tiempo, la ciencia halló tatuajes en el cuerpo congelado de una momia. Se tatuó Cleopatra. Los cristianos más piadosos llevaban la cruz tatuada en las muñecas. En nombre del dolor que sintió su maestro, un apóstol de Jesús también se tatuó. James, el colombiano más mediático, se hizo un pez koy, símbolo de la perseverancia, en su brazo izquierdo. Y un hijo de Galán carga a su papá grabado en un homoplato. Cada quien tiene razones distintas para cambiar un rato de dolor por la visibilización de un recuerdo sin fecha de caducidad: antes del post-it estuvieron los tatuajes.Mi amigo mañana se tatuará en homenaje a la memoria de sus papás. Antes de recomendarle los antebrazos para hacerlo, Italo le preguntó si aquello no le traería problemas en el trabajo. Desconociendo lo que le dirán, él siguió adelante con una imborrable firmeza. Tal vez la de un hombre que a donde vaya, ya nunca podrá llevar las manos vacías.

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